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viernes, 24 de marzo de 2017

TEATRO GRAN CAPITÁN


Granada, 25 de septiembre, 1927.

El friso de la cornisa que remata la cabecera del templo del monasterio de San José junto a otras cubiertas anexas del mismo convento, por dicha idénticas a las que vemos en nuestros días, nos revelan incontestablemente que este combate pugilístico tuvo lugar en la fecha arriba mencionada justo en el vecino teatro Gran Capitán, hoy desaparecido y por entonces con ocho años de andadura desde la fecha de su inauguración, en junio de 1919. Dado que nunca llegó a techarse el núcleo del aforo central reservado al patio de butacas con una cubierta de fábrica estable, imágenes como ésta de algunos de los espectáculos celebrados en su interior dejaban perfectamente visibles parte de los edificios próximos de más altura como los situados en la inmediata plaza de las Descalzas. El alveolo que había dejado vacío el deplorable desmonte y desmantelamiento de la Casa de los Córdova de esta su originaria ubicación fue aprovechado rápidamente por el nuevo propietario del histórico inmueble, don Ricardo Martín Flores, para acrecentar con este nuevo coliseo sus conocidos negocios en nuestra capital destinados al ramo del ocio y, sobre todo, a la explotación comercial del más innovador y prometedor de los espectáculos de nuevo cuño como el del cinematógrafo, ya iniciada por este mismo empresario en 1914 con la construcción del cine Regio en la vecina calle Escudo del Carmen. Por lo que respecta al origen, ciertamente poco infausto, de este nuevo teatro se encuentra igualmente complicado en la vorágine de una crisis que estalló en nuestra ciudad al comienzo de ese mismo año que lo vio nacer, los turbulentos y luctuosos sucesos de febrero de 1919. Al promotor y padre de la criatura, el señor Martín Flores, cuyos cargos y militancia política le habían costado el saqueo de su cine Regio en lo más crudo y violento de los motines de dicho mes, no se le ocurrió otro medio de congraciarse con las desempleadas e iracundas masas obreras que hacerse con la propiedad del antiguo y deshabitado inmueble con vistas a ésta y a otras miras de aprovecho lucrativo más personal. Por una parte, con el noble propósito de aliviar el paro gracias a las obras que supondrían la demolición del antiguo caserón y su sustitución por nuevas edificaciones así como, un vez perpetrado semejante atropello justificado por tan loable intento, con el de permitir a su benéfico promotor y patrón el disfrute de un nuevo local justo en esta zona del centro entonces tan revalorizada gracias a la proximidad de la reciente Gran Vía. En una estrategia hábil y rápida de hechos consumados, la operación pasó a vías de hechos y, por descontado, de derechos con el resultado visible que, pasados ocho años y en temporada casi estival, vemos recogido en el plano de la fotografía, por cierto algo diferente a lo que nos han transmitido referencias e incluso descripciones dedicadas a este teatro tan sui generis. De las peinetas decorativas que jalonaban toda la fachada expuesta a lo largo de calle Sierpe no aparecen restos visibles en la imagen ni, por supuesto, del envés de parte de su cara externa, muy cuidada y monumental en sus accesos, datos todos estos aportados por D. Salvador M. Arias Romero en su documentada monografía dedicada a las salas de cine de nuestra ciudad. Mucho más rudimentario y sin las dimensiones y calidad señoriales de la embocadura de su escenario, blasonada con las mismas armas que durante tantos siglos ostentó la fachada del palacio de los Córdova, la fotografía solo capta los elementos más usuales y corrientes en esta suerte de competiciones deportivas como son los combates de boxeo que no requieren tanto envoltorio ni tramoya teatral. A semejante fin el aire circense de este establecimiento descubierto se prestaba de la mejor manera y no está de más señalar esta circunstancia porque es precisamente en este capítulo de lo estrictamente deportivo donde estriba en gran medida el valor documental de la fotografía. Así como de espectáculos de masas más tradicionales sí que tenemos cumplida y extensísima noticia, como son los toros u otros actualmente casi extintos como las peleas de gallos, del boxeo a penas contamos en nuestra ciudad con testimonios gráficos que, de aparecer en tan tempranas fechas, suponen un documento verdaderamente valioso para ilustrar la historia de todo el deporte profesional practicado y desarrollado en nuestra ciudad. El hecho de contar, además, con el dato seguro de la fecha en que fue tomada la fotografía proporciona una felicísima ayuda para glosar de un modo breve pero seguro este raro episodio que ofrecemos inserto en nuestra colección fotográfica. En la casi preceptiva consulta a números de prensa publicados ese mismo día nos sorprendió vernos inmersos en un domingo de septiembre tan granadino como el del último mes del nuevo otoño que traía detalladas y fervorosas columnas consagradas a la procesión de la Virgen que iba a tener lugar esa misma tarde. Con ocasión de la coyuntura festiva abundaba la publicidad de cines y teatros en programaciones de muy diverso género desde espectáculos de zarzuela enmarcados en ventanas publicitarias de cierto tamaño y cuidado ribete hasta otros muchos redactados con estudiado disimulo en tipografía muy discreta y acompañados de una lacónica reseña de sus títulos y horas de programación, como era esperable, mucho más tardías de lo habitual. En el teatro Gran Capitán con anterioridad a lo que hoy día se llamaría la sesión pícara, iban a librarse en el cuadrilátero que vemos en la imagen dos primeros combates entre amateurs granadinos, sin más precisiones, como preliminar al plato fuerte de la velada, un enfrentamiento entre el campeón de España amateur de los welter, el púgil alicantino Juan Pastor Catalán, flamante deportista olímpico en la reciente edición de París de 1924, y un tal Ubeda, presentado como campeón del cinturón de Madrid. Hemos buscado alguna fotografía de los contendientes, especialmente del más conocido de ellos, pero no hemos dado con ninguna para identificar, en la medida de lo posible, si uno de los púgiles retratados correspondía a la de estos nombres. No obstante, en el mismo suelto anunciador del evento sí que aparece un nombre muy popular por entonces, el del campeón nacional de peso pluma, Ricardo Alís Ortiz, casi un ídolo nacional entre los aficionados a este deporte que pocos días después iba a pelear en nuestra ciudad sobre este mismo ring en lo que parecía una exhibición o gira nacional tras su sonada tournée por los estadios americanos. Pero, sin dejar esta misma jornada cuyos lances deportivos ha perpetuado este raro cristal, abrimos aún más esta curiosa ventana de la gaceta deportiva local con otras noticias sobre el mismo deporte igualmente previstas para ese mismo día en el contexto de lo que parece, como lo llamaba la prensa deportiva, un auténtico festival pugilístico. De uno de los tres combates organizados en un local desmontable llamado Teatro Circo, muy probablemente ubicado en el Humilladero, iba a proclamarse campeón de Granada en esta disciplina Eugenio y Luis Mirón cuya trayectoria, por otra parte, desconocemos. Sí que queremos citar otro nombre de ese mismo cartel, el del boxeador granadino Fernando González Jeromo, que en este último recinto iba a medirse con otro conocido campeón lusitano casi al mismo tiempo que se ventilaban estos rounds en el seno descubierto del teatro Gran Capitán. Suponemos que el avispado empresario de esta arena polivalente, el D. Ricardo Martín, alias el Merengue, había contraprogramado a esa hora sus tres combates para restar o repartirse la numerosa afición que podía concurrir entre los aficionados de nuestra ciudad a ambas peleas vespertinas de tanto tirón por entonces como bien revela la afluencia visible en la foto. Por pura casualidad, el mismo número de El Defensor, a pocos centímetros de estos deportistas nacionales y locales estampaba el nombre de una celebridad internacional de este mismo deporte, el francés Georges Carpentier, que acompañado de otros ases del celuloide, hoy míticos, Douglas Fairbanks y Harold LLoyd, en cuyos films había hecho algún cameo, realizaba una visita a Granada casi de incógnito y destapada, como sin querer, por el dueño de unos almacenes de la calle Reyes donde firmarían algunos autógrafos. El empresariado de nuestra ciudad, por lo que se ve, hilaba muy fino en la promoción y propaganda de sus negocios y comercios. 

DÍDIMO FERRER.





sábado, 3 de diciembre de 2016

EL AGUAOR, EL LOTERO Y UN DESCONOCIDO CABALLERO...



Foto sin fecha.

Aunque el fotógrafo haya elegido claramente el asunto y el protagonista entre los pocos personajes que intervienen en esta breve y ordinaria escena, repetida otrora a diario en cualquier calle de Granada, para no desaprovechar nada de semejante escenario vivo ni de su parco pero selecto elenco, creo que sería lo más apropiado atenernos al orden exigido a los autores que escenifican por escrito un acto cualquiera de su obra anteponiendo una escueta acotación sobre la localización y el ambiente previos e indispensables para el despliegue tangible y concreto de la pieza dramática que ha surgido provista así, con toda esta tramoya, del interior de su minerva. Pero tal y como suelen hacer algunos autores, que generalizan y hacen ubicuos, a propósito, los rasgos de un determinado lugar sin hacer mención de su nombre propio, solo tenemos a la vista sobre esta escena el pavimento, las aceras y parte de los comercios de lo que podría ser una de tantas calles de menos tráfico e importancia que precisamente por esto mismo no acostumbran a merecer alguna de las corrientes y repetidísimas fotografías cuyo objeto reside en ilustrarnos el espacio más característico y distintivo de una determinada ciudad. Nos quedamos con la duda en este punto y con insuficientes datos observables de donde conjeturar una identificación cierta más allá de lo que sería una calle bien cuidada, con una anchura mediana e idónea para una modesta actividad comercial desempeñada en una serie de bajos de lo que debían ser probablemente pisos. Imaginemos un Zacatín o un lugar parecido, tal vez algo más holgado y llano si nos guiamos por las sombras próximas de la otra acera. Pero justo al verse proyectado por las naturales candilejas de una estación un tanto o mucho calurosa, dejándolo iluminado en sus más nimios e insustanciales detalles para esta verídica y gratuita función diurna, no vamos a echar ni lo visto ni lo entrevisto a la cuenta de lo común y lo trivial. Cuántas veces nos disponen nuestras divagaciones a satisfacer los desesperados anhelos de recuperar alguien o algo de lo que ya no existe contentándonos con volver a verlo vivo aunque solo sea la gracia de un segundo y en el aspecto más vulgar e insignificante que pudiera haber revestido en un día cualquiera de su vida. Un vislumbre de parecido regocijo nos lo proporcionan estos frágiles pecios de la aniquilación del pasado que son las fotografías por obra y gracia de tales trasfondos amputados y mezquinos como el que comentamos, banales o sugestivos, anodinos o dignos de primer plano, pero fundamentales para animar y provocar las menudencias de muchos episodios que vemos desarrollarse en una imagen estática. De hecho ¿qué otra cosa sino una céntrica calle castigada por una fuerte solanera haría comparecer, como en su natural elemento, al resto de personajes de nuestra escena: al itinerante e iterativo vendedor de lotería, al omnipresente y errabundo morador de nuestras calles de antaño, el aguaor, y a un ocasional y repulido cliente que le permite a éste último hacer demostración de su rutinaria y pronta manera de llenar ágilmente y con una sola mano un vaso de agua cristalina? En tal coincidencia estriba en gran parte el encanto de la fotografía porque de sobra sabemos que el porteador de agua, como solía traducirse dicho oficio a varias lenguas extranjeras, ha sido el protagonista de muchísimas postales de diversa edad, especie y factura pero, eso sí, normalmente solo o, en todo caso, caracterizado con los habituales adminículos vivientes o inertes que le sirven de auxilio en el ejercicio de su menester. No suele presentarse el caso de verlo retratado así, con alguno de sus muchos compañeros de fatigas, como el vendedor ambulante de billetes de lotería, ni junto a otros tipos que por motivos de mero asueto podían buscar las sombras de estas calles hace poco más o menos un siglo. Si consideramos a los dos primeros como exponentes de una muy identificable y característica clase social vemos que, desde el calzado hasta la prenda que les cubre la cabeza, se acusaba cierta variedad en el vestir ordinario. Diversos cortes de chaqueta, con solapa y sin ella, sobre chaleco o directamente sobre camisa, además de la boina o el sombrero cuya forma recuerda y encaja, en parte, con la descrita por un ilustre paisano, conocedor de la versión local del famoso catite. Leemos en El Niño de la Bola, novela de Alarcón, que “este sombrero era de finísima paja de color café, ancho de alas y muy alto y puntiagudo, como los que usan muchas gentes de América y de las Dos Sicilias, a cuya forma se da en Granada el pintoresco nombre de sombrero catite”. Sabemos en qué año murió nuestro gran novelista y la distancia que lo separaba del año presumible en que podemos fechar esta foto, evidentemente muy posterior. No obstante, por un lado, es un hecho comprobado que las clases populares son más reacias a cambiar o abandonar drásticamente su vestimenta como lo hacen otros grupos sociales que disfrutan de medios más desahogados o son más permeables a las modas además de que, en otro orden de cosas, esta variedad de sombrero de corona recta y pronunciada aparece, si no fabricado ya en fina paja, en otro material y como necesaria prenda de otros tipos populares coetáneos a esta foto. Llegados de pueblos o localidades netamente rurales aparecen tocados con este mismo sombrero el vendedor de miel o el famoso pavero que tan popular se convertía en Granada la víspera de Navidad, sin hacer mención de los asiduos a la feria de ganados del Salón o del Triunfo que también solían llevarlo justo por entonces en la época en que pudo ser tomada nuestra foto. De hecho, muchos granadinos de cierta edad aún lo reconocen en algunas fotografías que hemos publicado ambientadas pintorescamente en jornadas de estas mismas ferias. Pero lo que llama poderosa y gratamente la atención es el señor de más edad que observa y espera, moneda en mano, a que el aguador, enfrascado y abstraído seriamente en su faena, le ofrezca el vaso lleno de agua. Nos sorprende, como decimos, y alegra comprobar que el verano traía para las clases acomodadas un alivio o una liberación en los colores apagados, lúgubres y oscurecidos que predominaban durante el invierno en su indumentaria de abrigo. Aquellas capas, reliquia distinguida de caballeros de otros tiempos, junto a los sombreros imponían una severidad en los viandantes de nuestras calles del centro, por ejemplo, Reyes Católicos, que fotos de los primeros años del siglo XX nos trasladan ipso facto a las últimas décadas del XIX, lejos aún de aquel prometedor nuevo siglo. Aunque resulte algo extemporáneo a este respecto traemos, no obstante, a colación como argumento testimonial y de cierta autoridad, los comentarios que dejó Pérez Galdós sobre la moda uniforme, desleída y adusta de la segunda mitad del XIX, desprovista del bizarro colorido vigente entre las clases populares de principios del XIX cuando aún no se había impuesto ni el dictado ni el monopolio de que gozó la industria británica. Una moda también de ribetes foráneos, aunque de signo opuesto, eran parte de este risueño desembarazo del canotier, que tanto privaba en cabezas de todas las edades hace justo un siglo, así como los tonos claros que delatan algunos detalles de la vestimenta de este señor de más edad. A pesar de llevar una convencional americana guayabera tal y como lo harían y lo han hecho hasta hace poco tiempo muchas personas de su edad, el estilo Oxford de su calzado crema o blanco confirma todo lo que decimos sobre la rejuvenecida moda que tomaba nuestras calles en los días de verano. Imperturbables en lo básico de su atuendo permanecían, como vemos, los más humildes como nuestro aguador que, como decíamos al principio, ostenta los honores de protagonista de esta pintoresca y vívida foto. Con su garrafa, la cesta de los vasos y la anisera se apañaba para llevar el vaso agarrado con una mano mientras que con el pulgar de la otra, asida de la correa que agarraba la garrafa, tensándola la hacía volcar para derramar la cantidad de agua suficiente. Como sabemos bien, mucho antes de su desaparición, los aguadores se habían convertido en uno de los símbolos populares de las tradiciones más entrañables de Granada. Si los consideramos así, incluso ya sublimados con el halo de nostalgia que le ha prestado su definitiva desaparición, tal vez no atendamos a otra realidad, mucho menos idílica, que explicaban más prosaicamente su función y su razón de ser. Cuando en Madrid el moderno y seguro abastecimiento de aguas con el Canal de Isabel II los había ya licenciado en años de aquel remoto reinado, acallando también la leyenda particular que se atribuía al agua de sus diferentes fuentes, en Granada seguiríamos casi un siglo largo más dependientes de esta manual distribución del agua por la rémora de una anticuada e insalubre red potable de aguas. A los ojos de un filósofo como Don Angel Ganivet esta explicación sería cuando menos un motivo más de mofa que un natural de esta tierra debiera considerar como un necio atentado a uno de nuestras más preciadas esencias. El acarreo y la venta de agua cumplidos por nuestros aguadores fue un aliciente costumbrista, un medio de vida para muchos padres de familias que, como dice el propio Ganivet, podían ser “un albañil que busca un sobrejornal para dar una vuelta de ropa a su gente” y, por ello mismo, un paciente y merecido protagonista de nuestra difícil e íntima historia.

DÍDIMO FERRER.


sábado, 8 de octubre de 2016

TERMINAL DE LA ACERA DEL DARRO EN 1966


TERMINAL DE LA ACERA DEL DARRO
23 Mayo 1966.

Por Dídimo Ferrer

A tres años escasos de que, como leemos en un artículo de Carlos Peña Aguilera, se suprimieran las dos únicas líneas urbanas del tranvía, la 10 y la 11, en 1969, y pasados diez desde que el transporte colectivo de autobuses comenzase a expeler sus humos a todo trapo y a sacarle lustre con sus gruesas cubiertas al acero de aquellos huérfanos rieles, un tranvía de servicio por una calle de Granada sería ya por entonces un mirlo blanco en tránsito y en espera de dejar bien atrás muy probablemente estas avenidas por una de las calles de nuestros pueblos a los que tocó en suerte, cincuenta años antes, la privilegiada conexión hasta la capital gracias a este medio de locomoción que ya se lo habían rifado las más importantes localidades del cinturón tan ansiosamente como lo han hecho de nuevo algunas de ellas hace cuestión de pocos años. 
Por Reyes Católicos e incluso por las más generosas calzadas de la Gran Vía parece, sin embargo, que terminaron por hacer penosa figura, propia de tiempos ya muy pretéritos, a los ojos y al bolsillo de algunas de las autoridades municipales que, como ahora, vivían al dictado de su presente, tan efímero para sus actores como perdurable para sus herederos y legatarios que suelen ser, para lo bueno, unos cuantos y, para lo malo, la anónima mayoría. Hecha esta advertencia en honor del área metropolitana, de cuyo nombre proviene curiosamente ese orgulloso atributo de una gran urbe, su metro, y aunque nace con el desarrollo de pequeños núcleos de población adyacentes, a veces son menospreciados por la propia ciudad madre, en la última edad del tranvía éste se había convertido en un anticuado regalo hecho por la periferia a las calles, avenidas y plazas de Granada, aunque ella misma se había desprendido casi por entero de semejante obsequio como de un inútil trasto poco digno de su rango y condición capitalina. Hasta 1969, conforme leemos en laboriosos estudios dedicados a este asunto expresamente citados al principio de nuestro comentario, o, ateniéndonos al año de alguna fotografía fechada por su autor, en 1970, solo sobrevivieron dos líneas urbanas, la número 10 “Triunfo-Alhóndiga-San Antón”, y la 11, “Puerta Real-Bomba”, aunque con un trayecto más recortado, que, en el caso de esta última, poco estorbo ocasionaba en su discurrir por el mismo centro del primitivo Embovedado hasta el bucle entorno a la Fuente de las Batallas, el giro más práctico, cómodo y efectista para las antiguas líneas urbanas, o el elegante recorrido en doble sentido por los carriles exteriores de la Carrera hasta ganar el Salón, la Bomba o el Humilladero. Justo esta zona y, al otro lado de la ciudad, en el Triunfo, igualmente provisto por entonces de parecido desahogo y el lujo de su frondosa arboleda, se había destinado desde los años cuarenta para terminal de las líneas suburbanas 1ª, Granada-Padul-Dúrcal y la 4ª, Granada-Gabia La Grande. Incluso como una deferencia hacia los usuarios de la línea 5, con destino a la Zubia, se había concedido al último coche de este servicio salir de la misma Fuente de las Batallas, por encontrarse más cercana al centro. 
Para los nostálgicos de cualquier suerte, los inconfesos o los empedernidos, encontrar fotografías de este epicentro de nuestra ciudad frecuentado por la reliquia de este escaso tráfico tranviario, aún en milagrosa vida, puede ocasionar un arrebato de la más pura y sentida añoranza. Personalmente creo que las mejores tomas son las más ajenas a la artificiosa espectacularidad de algunas postales que, contrariamente a éstas, retratan sin extraños aderezos un hecho tan anodino por entonces como aguardar, subir o bajar de uno de aquellos vehículos que se desplazaban, como consideramos de lejos a aquella época, sujetos a la morosa y narcotizante órbita fijada indefectiblemente por sus carriles de hierro, indiferentes a esa agitación propia de la ciudad, refugio móvil para sus pasajeros. En la fotografía vemos a muchos de ellos abordar el coche bogie nº 23, habitual en las líneas del noroeste y del sur de la capital en una de las paradas terminales asignadas a las líneas 1, la de Dúrcal, y la 5, como hemos dicho, la de la Zubia. No existía, a lo largo de la propia Acera del Darro, una conexión directa por tranvía con la próxima Fuente de las Batallas, pero sí había desde este punto un acceso al mismo puente del Genil, el primero y único que aguantaba todo el tráfico orientado allende el río en dirección a Armilla. A la salida de dicho puente se bifurcaba o continuaba la línea en dos, bien hacia el Humilladero, la parada más bulliciosa de nuestros tranvías con el famoso Rancho Grande como sala de espera, bien hacia la acera próxima a este edificio captado por la fotografía que, adosado a otro, ahora reedificado, quedaba casi en línea con el lado del puente reservado al paso del tranvía, justo bajo los postes de sus catenarias. A finales de los cincuenta la calle, que quedó bautizada con el apodo de Filomatic, fue objeto de una renovación en su pavimento y aceras que, contrariamente a lo que pudiera suponerse por esta denominación popular, estaba adoquinada, tal y como vemos en fotografías de este tramo de la calle tomadas bien avanzada la década de los sesenta, incluso con la rotulación de Acera del Darro. El hotel Sudán, Metropol y Avenida, además de la estación de autobuses situada casi frente a esta parada del tranvía, convirtieron esta avenida, aún sin la prolongación directa del nuevo puente, en una arteria más capaz y con pretensiones de cerrar aquel capítulo de su historia cuando fue, a este lado del río, un paredón ciego y corrido de los edificios de la Carrera de la Virgen, cuyo camarín y su enrejado jardincillo habían recogido durante tanto tiempo el último suspiro del Darro a cielo abierto. 
En consonancia con los aires de esa década, aunque no necesariamente fuera así en el variado y obsoleto material móvil de la sociedad anónima Tranvías Eléctricos de Granada, el tranvía de la imagen, nº 23, salió de los talleres de la propia empresa junto a otros cinco de su serie entre los años 1957 y 1959, para inaugurar con este último impulso los aires de desarrollismo que suponían para su parque móvil comodidades en su interior y un baño de color que, como en los autobuses urbanos, era también azul desde 1963. La aerodinámica no llegaba, como en otros coches, a afilar más picudamente su frontal pero sí se mejoraban la calidad de sus 48 asientos, las puertas eran plegables y acristaladas con unas ventanas de corredera, en lugar de las tradicionales de guillotina que, como señala el profesor D. Agustín Castillo Martínez en su documentado y apasionante trabajo sobre los tranvías históricos de Granada, amortiguaban considerablemente el traqueteo de los más viejos tranvías. En ese día de mayo no hubo necesidad de añadir un remolque que, en alguna fotografía de la misma parada corresponde a los números 32 y 33, conocidos en nuestra ciudad como zapatones, para aumentar el número de pasajeros. Tal vez por ese motivo los vemos ese día más apurados por montar en el vehículo que los llevaría en un viaje que, si desde el Triunfo hasta la plaza del Matadero era calificado por José Acosta Medina de “sideral”, lo aproximaríamos hoy a una excursión de placer hecha en un mimado tren de época. Estos paisanos, con sus trajes, sus cestas y sus bultos, de regreso a su pueblo, eran en aquel momento y sin percatarse de ello la última generación de usuarios que recibiría en el apacible trayecto por las Vegas y las laderas del Valle los verdaderos y enervadores mimos de su viejo compañero de infancia y adolescencia. Nosotros solo lo degustamos hoy de prestado y en foto.

lunes, 28 de marzo de 2016

CALLE REYES CATÓLICOS. JUNIO, 1928





Adherida a la cartulina oscura de un álbum familiar, numerada pero sin la leyenda a que remite la cifra escrita a mano al pie de esta foto, hemos encontrado esta pequeñísima pieza que nos saca con todo el exceso de su luz y movimiento el transcurrir de un día de fiesta por el adoquinado y aceras de Reyes Católicos, ambos muy concurridos por el paso de caballistas, carruajes y peatones que envuelven, hasta desplazarlo de su papel principal, al desconocido y quedo joven que se plantó por algún motivo en este lugar y hora, telón viviente y semoviente de la ciudad en una de sus jornadas de Corpus. Mientras el instante que detiene la marcha de las caballerías abrillanta las grupas y chispea el hierro de sus herraduras, en lo más alto y extendido entre las esquinas enfrentadas de la calle Príncipe y la plaza del Carmen, puede leerse con meridiana claridad el anuncio de los tradicionales conciertos sinfónicos en el palacio de Carlos V. Ese año de 1928 fue la Orquesta Filarmónica de Madrid la que con un repertorio entre clásico y moderno, Vivaldi, Beethoven con Wagner, Borodin y Ravel, había tomado el relevo a otras orquestas, como la Sinfónica de la misma ciudad, que, desde 1906, había distinguido en los anales de esta agrupación a la ciudad de la Alhambra como el primer destino de sus giras por provincias, entonces llamadas excursiones, que principiaban en fechas estivales en la recoleta Granada y la elegante San Sebastián. La recepción fue entusiasta como antes lo fuera la de otros grupos sinfónicos que la antecedieron en el último tercio del siglo XIX cuando, por ejemplo, en 1887 los cofundadores del Centro Artístico y Literario hicieron de muñidores para la celebración del primer concierto a la luz de bombos de gas en el patio del Carlos V. A penas pasados veinte años desde su creación, la primera entidad orquestal de nuestro país, la Sociedad de Conciertos de Madrid, integrada exclusivamente por músicos y con el propósito deliberado de difundir la música clásica y moderna, sienta uno de sus reales en los que quedaron, a orilla de los patios nazaríes, inconclusos y aguardando el tren luminoso de una corte que, a la postre, se ha hecho real y efectiva en la que arrastra el esplendor sonoro de un aquilatadísimo conjunto orquestal, nacional o foráneo. Aunque, como decían las madres más conformistas a su prole en edad de merecer y no lograr, el buen paño en el arca se vende, no pensaron lo mismo los conocedores y promotores de estos conciertos, antecesores necesarios de nuestros Festivales, que desplegaron esta sencilla pancarta justo en el lugar donde se levantaron arcos de triunfo para festejar la visita del soberano o el paso de la custodia del Corpus. Sin que pueda acusar la elección de este lugar la intención más ennoblecedora que nos recuerdan los arcos que hemos visto en otras fotografías de la misma calle, no nos parece exagerado considerarlo como el testimonio de una época triunfal para la cultura en nuestro país y especialmente en Granada. No todas las efemérides que celebremos en nuestra ciudad van a depender del nombre de un rey, de un emperador o de uno de sus capitanes, por mucho honor que se haga a su figura o a reparar los agravios de la ignorancia, cuando la cultura también ha tenido un lugar tan preeminente y florecido en fechas recientes precisamente cuando aquellos esplendores muy apagados de la nuestra historia política no eran más que flor mortecina de estufa. Las socorridas y baratas sillas de enea en el palacio de Carlos V, con las que se tropezaban en una mañana como ésta los visitantes del monumento, asiento del público asistente a estos conciertos, parecen encarnar en aquel escenario cargado de grandeza, majestad, proporción y armonía, como lo califica don Emilio García Gómez, la versión más humana y popular de aquella edad de plata que llegaron a ver pocas generaciones antes de la nuestra. Gráficamente las vemos a luz de la prosa del mismo García Gómez “unas mirándose, conservando el perímetro de los corros; amontonadas o derribadas, otras. Sobre una se abría un abanico abandonado. En el suelo se veían programas pisoteados, unos flecos de mantón de Manila, una perlita artificial desprendida de una pechera bisoña. La noche anterior debía de haberse celebrado allí un concierto o una verbena”. Casi igual, por encima de este tráfago cotidiano ajeno a las glorias de la cultura que remata entre los edificios las letras fluctuantes del modesto anuncio escrito, la vida continuaba su curso inmersa de lleno en la luz cegadora de aquel sol de junio.

DÍDIMO FERRER



domingo, 14 de febrero de 2016

VISTA PANORAMICA DESDE LA CATEDRAL



En torno a 1885.

No tenía motivo alguno la ciudad que apuraba a penas la última quincena del siglo XIX para lamentarse de que la fotografía no la abrazase aún desde una altura tan elevada como lo harían, en el inminente siglo, los primeros vuelos a motor. Para un efecto visual parecido, mucho más castizo y acomodado a los medios tradicionales, contaba por entonces, como hoy en día, con uno de los flancos de la torre de su catedral que, sin aparecer, cedía de todo el aparato de su mole cúbica solamente un ingrávido punto de mira para presentarnos, verídica y serenamente desplegada, la cara que, tal cual, presentaba Granada por aquellos años a los ojos de quienes podían vivirla y verla impresa sobre el fondo de su acuoso cristalino. Y, como un feliz remedo de este proceso natural de la visión humana, antes de que llegaran las maravillas de la aeronáutica a espantar esta plácida quietud provinciana, precisamente sobre la superficie de un frágil cristal de siete por siete centímetros, la firma parisina J. Lévy y Cía. plasmaba con una nitidez, pureza y claridad casi naturales la obsequiosa vista de este inopinado mirador a través de un límpido filtro que, trocándolo por otro soporte más consistente y opaco, nos hubiera mostrado sucio, ajado y maltratado el motivo tan realista de esta luminosa instantánea. Así que no huelga en el caso presente guardar esta consideración hacia lo que, por puro evidente, parece que no lo fuera, cuando, además de reconocer y agradecer esta diáfana claridad de los cristales, una somera alusión a la propia técnica fotográfica nos permite datar la edición de ejemplares como éste, entre los años 1872 y 1895, periodo en que desarrolló su actividad comercial la sociedad denominada bajo la rúbrica de Isaac George Lévy. De de las cuatro secciones a las que obligaría cada una de las caras de la torre donde apostó su trípode el equipo de desconocidos fotógrafos franceses, ésta, aun dejando a la ciudad huérfana de su más conocida enseña, la muestra con el acabalado desarreglo de los edificios menudos y prietos, bien estibados entre los de mayor y recta envergadura, como monasterios y conventos, únicos con licencia y privilegio de sobrepasar y culminar por lo alto su recia y firme fábrica con el exorno de cúpulas, pináculos, alguna linterna y, por entonces, desmochadas ya sin remisión las torres tras las desamortizaciones, las muy modestas y seráficas espadañas. A contrapunto de este profuso y abigarrado caserío, urdimbre aparentemente intacta heredada de otra época, la lisura y el terso relieve de la Sierra dejan con la suntuosidad de un manto plegado el fondo desnudo y sobrio de la Naturaleza que también adelanta en un entrepaño del decorado los tupidos cultivos y crecidas arboledas que acaparan las alturas más próximas a Granada y todo el seno del valle del Genil. Pero para perdernos y asomarnos desde esta altura de la catedral a lo que más atrapa y merece una mirada más detenida, tenemos en primer término los aledaños de la que primero sería calle de Méndez Núñez y, después y definitivamente, calle Reyes Católicos, muy perfilada en su parte trasera, con buena parte de la feligresía de San Matías, esquinada y expuesta a la indiscreta vista de sus recoletas huertas, patios y patinillos, hasta el barrio del Realejo, a una distancia respetuosa, que lo hace más señero y presentable alrededor del inhóspito monasterio de Santa Cruz, hoy sede de su extinta parroquia. Como hemos visto en otras imágenes que, como ésta, no engañan ni permiten una vaga sugestión de lo que nos puedan decir idealmente aquellos años entorno a 1885, el mayor deleite estriba en lo que ni siquiera imagináramos como propio de una ciudad: la sobriedad de las fachadas blanqueadas y las cubiertas de tejas que, sin otro aliño foráneo y en una promiscuidad lujuriante, nos presenta el centro urbano en un pellejo viejo, casi pueblerino, pero en modo alguno caduco sino bien enjalbegado y aseado. Desde luego que ninguno de estos últimos adjetivos suponen desdoro alguno cuando en una demostración tan palpable y directa como esta nos damos de bruces con lo que fue en cuerpo y alma pasajera el encanto de nuestra ciudad tal y como llegó a ser captado por la cámara. Anterior a la época en que otros conceptos urbanísticos y formas de construir irrumpieron y mermaron, descabalándolo, este aire inconsútil de lo provinciano y el adecentamiento antiguos, no nos decepciona lo que vemos con los mismos ojos que lo verían nuestros antepasados. En 1885, el año negro de recientes inundaciones en el Darro, con la secuela de una terrible epidemia de cólera morbo, los recuerdos recientes de los terremotos acaecidos en las últimas navidades, las noticias en sordina de la muerte prematura del rey, enfermo tuberculoso que vería convaleciente esa misma luz lánguida y otoñal desde uno de los cármenes de don Julio Quesada, no desacuerdan con el sino de una ciudad a donde llegaría todo amortiguado por la angostura de sus callejas y la quietud de esos patios. En reuniones y tenidas, como las que nos llegan a través de las páginas de diarios y obras de más fuste, bramarían como un mar de fondo las amenazas para imponer un fin a esta época de letargo. Pero como dichosamente se encabalgan en una misma edad diferentes y contradictorias sensibilidades tenemos para nuestra elección la que más guste de cada una de ellas y el pasado, como vemos en esta fotografía, se arrastraba aún muy lento por nuestra apartada y silenciosa ciudad.

Dídimo Ferrer



JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA

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