domingo, 12 de febrero de 2017

LA CONSTRUCCIÓN DE SANTA SOFÍA

Un artículo de Blas Malo Poyatos.

¡Niká! ¡Niká! ¡Victoria!

Con este grito Constantinopla despertó sumida en la violencia. Una violenta turba recorre las calles de la capital del imperio bizantino. Los alborotadores apoyan a las facciones de cuadrigas que dominan la ciudad, con barrios enteros, familias y gremios divididos entre los Verdes y los Azules, y contra el emperador. 

Todo se descontrola cuando ambas facciones llegan a las manos. Miles de alborotadores se adueñan de las calles, saqueando y quemando todo lo que encuentran a su paso. Tras tan solo cinco años de reinado, Justiniano, el nuevo soberano del imperio romano de Oriente, se enfrenta a un serio desafío que amenaza su derecho al trono. Es una rebelión del pueblo que, resentido por los altos impuestos para pagar sus sueños de grandeza, quiere derrocarlo. Es enero del año 532.
Sus generales Belisario y Narsés reprimieron la revuelta violentamente. Volvió una tensa calma. 

Los disturbios y el fuego destruyeron la antigua catedral. Y ello dio una gran oportunidad al ambicioso emperador, ansioso de dejar su impronta en la ciudad para toda la eternidad. Renovatio imperii. La Restauración del Imperio. Occidente estaba perdido en manos de los bárbaros. Roma aún lloraba sangre por su relevancia perdida. La ambición de Justiniano iba más allá de la capital bizantina. Deseó reavivar la gloria de la antigua Roma, extendiendo Bizancio por todo el Mar Mediterráneo. Desde Constantinopla reorganizó y rearmó al ejército. Reconstruyó carreteras, fortalezas y ciudades. Y edificó decenas de iglesias a lo largo de su imperio.

Su nueva catedral debía ser la más espléndida y magnífica, y debía construirse con rapidez: deseaba consagrarla en vida y él ya tenía 50 años. 

Así, en febrero de 532 comenzaron las labores de desescombro y limpieza del solar, tan solo un mes después de su destrucción. ¿El motivo? Justiniano necesitaba un gran gesto público para restaurar la confianza en su reinado. Quería evitar que su pueblo se rebelara de nuevo. Y una gran obra de construcción, igual hoy que entonces, es una excelente forma de mantener ocupadas miles de manos paradas. 

Recurrió a dos hombres, dos eruditos de la Ciencia de la Mecánica, para erigir su sueño: Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto. Ninguno era arquitecto pero estaban convencidos de poseer las aptitudes necesarias para la tarea. Tras explicarles sus propósitos, las palabras de Justiniano fueron dos órdenes claras, precisas e inquietantes:

—Uno, haced que éste sea el edificio más espectacular del mundo; y dos, hacedlo rápido.Y les dio cinco años para hacerlo. Nada más.

La planta del diseño de la catedral de Santa Sofía es sencilla. Tenían la idea, crearían un gigantesco espacio central cuadrado de 31x31 m, delimitado por cuatro grandes pilares que sustentarían toda la estructura. Este espacio estaría flanqueado por pasillos y galerías laterales, y coronado por una espléndida cúpula. Construirla llevó a la ingeniería romana a superar sus límites.

Para la enorme cúpula, de 31 m diámetro y 56 m de altura, se necesitaban materiales ligeros, o sería demasiado pesada para que la estructura la soportara. Para el Panteón de Agripa, en Roma, se usó puzolana, un cemento natural ligero creado con cenizas volcánicas que se hallan en Italia y que son mezcladas con cal viva y agua. Pero no hay tales cenizas en Oriente. Había que buscar un sustituto para hacer una estructura ligera y resistente. Constantinopla es, además, zona sísmica.

Además, debían ubicar la cúpula circular sobre la base cuadrada del espacio delimitado por pilares. Un círculo apoyado sobre un cuadrado. La solución fue apoyarla sobre la parte central de 4 enormes arcos de 31 m levantados sobre pilares. Pero esos cuatro puntos de apoyo no eran suficientes. Para incrementar la base de apoyo, entre arco y arco, como gajos de naranja, se diseñaron pechinas triangulares cóncavas que redirigían el peso de la cúpula hacia los pilares, evitando además la tendencia de los arcos a abrirse por el efecto del peso de la cúpula.

Para cumplir el sueño de Justiniano de construir la mayor cúpula jamás vista, esos cuatro arcos serían formidables. Pero los enormes esfuerzos en la base de los arcos tenderían a abrirlos, peligrando la estructura. 

La solución fue añadir dos semicúpulas adicionales en cada extremo de la nave, que se proyectan desde los arcos de apoyo desde la cúpula, aumentando la luz de la nave hasta los 140 metros sin aumentar la separación entre pilares. 

Aún debían encontrar un sustituto de la puzolana. Antemio e Isidoro lo encontraron en Rodas. Desde allí llevaron todos los ladrillos para su edificio. El secreto es la composición química de su arcilla y su cocción. Los ladrillos de Rodas, cocidos a menos de 800 °C en vez de 1400 °C que es lo habitual, tenían muchos más poros, eran ladrillos tan ligeros como la piedra pómez. De hecho, flotarían si se lanzaran al agua. La argamasa para colocarlos, además, contendría mucho ladrillo machacado y las llagas serían muy anchas, tanto o más que el ancho del ladrillo. Al fraguar, la adherencia sería así muy fuerte.

Pero todavía debían aligerar aún más la estructura. Dentro de la catedral hay pasillos y galerías, y la distribución de las arcadas no es casual. Muchas corresponden a los aligeramientos en los cuatro enormes contrafuertes tras los cuatro pilares, aligerados por medio de arcos. Estos canalizan los empujes de la cúpula al suelo, absorbiendo el peso de la parte superior. Pero cometieron un error. Los aligeramientos debilitaron los contrafuertes.

Para construir Santa Sofía, se emplearon dos equipos de 5.000 trabajadores, compitiendo entre sí, cada uno dirigido por 50 patrones. Cada patrón tenía 100 obreros a su cargo. Un ejército de servidores ordenaba los acopios, dirigían los carros desde los puertos de la ciudad a la zona en obras y cocían cal para preparar la argamasa. Los hornos funcionaban noche y día.


La Renovatio imperii, con ejércitos triunfantes en Persia, África, Italia e Hispania, era una empresa onerosa, y el tesoro imperial no era infinito. Había que ahorrar. Como no daba tiempo a tallar las enormes columnas que pedía Justiniano para adornar el interior de su catedral y era un proceso muy caro, se expoliaron y se llevaron columnas de otras construcciones de todo el imperio, y eso influyó en el diseño interior. Reutilizando columnas expoliadas y rediseñando los pasillos y galerías redujeron la carga de trabajo en un 20%, ahorrando tiempo y dinero. Con cada paso, los dos ingenieros intentaron soluciones para ahorrar costes y reducir tiempo. Pero cuando llegaron al nivel de la cúpula, los errores asomaron.

Comenzaron a trabajar en la cúpula en el 535, el tercer año de la construcción. Para subir al nivel de la cúpula levantaron una cimbra enorme de madera para los arcos y la cúpula sobre la que colocar ladrillos y argamasa. Nunca se había construido algo así. El peso de los arcos a medida que se elevaban empezó a afectar a los pilares. Se agrietaron peligrosamente, amenazando con una gran catástrofe. La solución fue realizar arcos de refuerzo en los aligeramientos de los contrafuertes. No fue suficiente. Siguieron agrietándose. Entonces, a regañadientes, añadieron altura a los contrafuertes, macizándolos, para dar mayor peso y estabilidad. Tampoco fue suficiente: las columnas de las arcadas interiores comenzaron a inclinarse por los empujes hacia el exterior. La solución desesperada fue añadir proyecciones de esos contrafuertes internos, añadiendo más contrafuertes hacia el exterior de la estructura, para garantizar la estabilidad, pero el daño ya estaba hecho. La base sobre la que se apoyaría la cúpula ya no sería cuadrada.

Sería cúpula elíptica. Pero ya no podían darle tanta altura. Decidieron que apoyaría sobre un cilindro previo, que a su vez, con ventanales, daría luz al interior del recinto. Pero la distribución de esfuerzos ya no era uniforme. Habían pasado 4 años de obra, el emperador estaba impaciente y visitaba la obra con frecuencia, exasperado. Antemio muere en el año 534. Isidoro de Mileto se queda solo al cargo de toda la obra y reduce la profundidad de la cúpula al mínimo, para disminuir al máximo los pesos.

La decoración actual de Santa Sofía es magnífica, pero en época de Justiniano todo fue más austero, el dinero se agotaba, en vez de mosaicos laboriosos y caros se colocaron simples cruces sobre un fondo dorado. Cuanto más simple fuera la decoración, antes se terminaría y Justiniano no quería esperar más. Los ritmos de la obra se apresuraron, sin importar los accidentes, sin importar las excusas. El emperador quería resultados, no palabras.

El 27 de diciembre de 537 se inauguró la catedral, con una magnífica procesión. Justiniano admiró la cúpula y dijo palabras para la eternidad.

—Gloria a Dios por permitirme completar esta obra. Salomón, te he superado.

Pero en el mismo día de su inauguración, Justiniano fue testigo preocupado de la precaria naturaleza de su monumento, levantado en sólo 5 años. Caía polvo desde los arcos y las galerías crujían. El peso del edificio era tal, que estaba provocando que se descascarillase la parte superior de las columnas de mármol.

El día 14 de diciembre 557 un potente terremoto sacudió Constantinopla y provocó graves grietas en la cúpula. Para acceder y repararlas se construyeron cuatro grandes escaleras de caracol en el borde exterior de los pilares. En mitad del proceso, el 7 de mayo de 558, parte de la cúpula se derrumbó sobre el santuario. Justiniano, de 75 años, aún enérgico y ambicioso, ordenó su inmediata reconstrucción. La tarea recayó en Isidoro el Joven, sobrino de Isidoro de Mileto, ya muerto. Todos los recursos del imperio se pusieron a su disposición.

El joven Isidoro examinó el problema y dedujo acertadamente que el cilindro sobre el que apoyaba la cúpula era el responsable de un desequilibrio de fuerzas, acentuado por el terremoto. Lo eliminó y aumentó la convexidad de la cúpula, apoyándola directamente sobre el centro de los arcos y sobre las pechinas. Acertó. Quizás, sin embargo, la mejor decisión de Isidoro el Joven fuera tomarse su tiempo: tardó 4 años en construir la nueva cúpula, más de 2/3 del tiempo de sus predecesores en construir toda la catedral. No asumió ningún riesgo: el andamiaje de la cúpula no se retiró hasta un año después de su terminación, permitiendo que la argamasa fraguase de forma conveniente. Con todo, Justiniano pudo asistir en el 562, con 79 años, a la segunda consagración del edificio. 

La cúpula ha resistido más de 1400 años. La construcción es, además, a prueba de terremotos. Para permitir que el material se agrietara y disipara tensiones, se añadieron numerosas ventanas en los muros, se colocaron amortiguadores en las columnas (formados por placas de plomo en capiteles y bases de columnas), y al emplear argamasa con arena sin sal de río y cal viva, se formaba silicato de calcio, con capacidad para cerrar grietas a largo plazo, es decir, actuaba como un cemento sismoresistente.


En 1453, los otomanos tomaron la ciudad y la renombraron como Estambul. Añadieron cuatro minaretes al Santo edificio y recrecieron sus contrafuertes, dando forma a su estado actual, como mezquita.

Con Santa Sofía, Justiniano logró su mayor triunfo: hacerse inmortal.



Para saber más:


Felip, Salvador, (2010) El sueño de Justiniano, Madrid, España. Ediciones B






(Artículo por Blas Malo Poyatos, publicado en la revista AZVI INFORMA nº11, Diciembre 2016)




domingo, 5 de febrero de 2017

UNA HISTORIA ROMANA

Un artículo de Carlos Martínez Carrasco, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Granada y del Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas.

Hay pocas ciudades cargadas de tanta Historia, que rezumen acontecimientos y personajes en cada esquina y al mismo tiempo representen un símbolo de lo que somos como sociedad. Ese carácter sólo lo tienen dos de ellas. Una es Atenas, la otra, Roma. Y caería en el tópico si reiterara el carácter fundamental de lo que ambas representan para el mundo occidental, para nosotros. La Roma de los Césares o la Roma de los Papas durante el Renacimiento, ha ocupado un lugar privilegiado en la memoria colectiva. Es el esplendor de los grandes edificios públicos, de las suntuosas iglesias y los palacios. La ciudad de Roma se convierte en escenario de aventuras, de intrigas palaciegas de Borgias, Julios II, Claudios y Mesalinas, Trajanos y Escipiones, incluso en lugar de acogida para el granadino León el Africano.

Son dos períodos, la Antigüedad y el Renacimiento, que aparecen siempre desconectados, dejando entremedias un vacío. Como si durante mil años, la Historia hubiera hecho un alto en el camino, bordeando la ciudad de Roma. Como si el medievo no existiera. Salvo algunos hitos, como los enfrentamientos entre el Imperio y el Papado o los cismas, la Urbe desaparece engullida por el marasmo de acontecimientos que agitan el Occidente europeo; un mapa fragmentado cuyas piezas se hallan enfrentadas entre sí, peleando por una herencia muy diluida. Una época oscura en la que hay lugar para un Synodus Horrenda, el Sínodo del Terror, presidido por el cadáver de un papa al que sus enemigos sacaron de su tumba para juzgarlo y deponerlo. Se trataba del primer acto de la Edad de Hierro del Papado, un período oscuro para el que apenas sí se han conservado fuentes, en el que la ciudad experimentó los efectos de las luchas sin cuartel entre la nobleza feudal. Cada bandería trataba de elevar al solio pontificio a su propio candidato, que duraba lo que duraba la hegemonía militar y política de sus protectores.

Inestabilidad. Anarquía. Violencia. Nada distinto de lo que estaba pasando en otros lugares de la Pars Occidentalis durante la Edad Media. Y sin embargo, ese mismo clima, en un entorno tan dividido y con el legado histórico y cultural que atesoraba, convertían a Italia en general y a Roma en particular en un microcosmos específico. En las ciudades-Estado, el patriciado urbano que las gobernaba o luchaba contra la aristocracia por hacerlo, necesitaba de nuevos modelos de organización política. Resucitar la idea de la Roma republicana era la única escapatoria posible frente a la arbitrariedad feudal y la costumbre cambiante. Fue toda una revolución la que se puso en marcha, cuestionando el orden establecido que representa la escolástica tomista y el aristotelismo, con avances y retrocesos en el proceso. Un movimiento que se pone en marcha justo antes de que se desate la gran crisis, la Peste Negra.

Pero poner en entredicho los pilares fundamentales sobre los que se asentaba la sociedad feudal no haría sino sacar a la luz profundas desigualdades. Al pueblo llano, a los popolani, el pasado romano también les brindaba la oportunidad de ver mejorada su situación. Hombres que habían leído los clásicos, muchos de ellos autodidactas, se vieron en la necesidad de pasar a la acción y entrar en el terreno de la política. Roma iba a ver de nuevo cómo se elegía a un tribuno de la plebe en la figura de Cola de Rienzo, aclamado por el pueblo el día Pentecostés de 1347. Era la única respuesta posible al vacío de poder existente desde que a comienzos de la centuria los Papas fijaran su residencia en Aviñón y la ciudad quedara –una vez más– librada a las ambiciones de las grandes familias aristocráticas, los Colonna y los Orsini. Pero no pensemos que se trató de un golpe de mano de los estratos más bajos. A pesar de sus orígenes humildes, de los que no renegaba, Cola había logrado hacerse notario después de casarse con la hija de uno de ellos, y su régimen estuvo apoyado en un primer momento por la gentilezza romana, formada por la mediana y baja nobleza y los comerciantes. Los unía más el odio a la gran aristocracia terrateniente que las simpatías por el pueblo llano.

La vuelta al pasado pretende simbolizar una purificación, el remedio definitivo contra los males de la sociedad. El mito de una Edad de Oro idílica está presente en todas las etapas de la Historia y muy pocas veces ha sido contestado. Una de las pocas voces que se levantó contra esa utopía fue femenina, la de Cristina de Pizán que prefiere el orden social al orden natural, presentando el progreso como algo positivo. Ella mejor que nadie, por su condición de mujer culta, sabía de los errores de abandonarse a un pasado idealizado. Con Cola de Rienzo resucitaba en la Baja Edad Media el rigorismo republicano de Catón el Viejo y las ansias reformistas de los Gracos, mezclados con el mesianismo igualitario de los franciscanos de tendencia espiritual, bendecido por el apoyo de su amigo Petrarca. Este fenómeno al mismo tiempo político y social que alumbró Roma, es fruto de su época pero también algo novedoso por todo lo que implicó, ya que suponía mezclar las esperanzas escatológicas propias del cristianismo con el orden romano. Como si el ideario de la República culminara con el advenimiento del Reino de Dios. Una extraña amalgama de ritos paganos y cristianos como la que se vio en su coronación, que levantó ampollas tanto entre algunos de sus partidarios como entre sus enemigos.

Pero lo que para muchos no era sino una burda pantomima, en realidad demostraba un conocimiento por parte de De Rienzo de toda una serie de códigos simbólicos. Su séptuple coronación con siete coronas de diversos materiales venía a significar un elemento diferente. Sin embargo, tales referencias no eran entendidas por quien era su principal destinatario: el pueblo llano e iletrado, al que comenzaba a hartar la jerga empleada por Cola, plagada de referencias ininteligibles para ellos, a pesar de sus dotes de demagogo, de conductor del pueblo. A todos les pasó desapercibido el simbolismo que tenía hacer del Capitolio el centro de su «gobierno popular», más allá de asistir con regocijo a las humillaciones de la aristocracia terrateniente que tenían lugar en ese escenario. Sólo Cola de Rienzo recordaba cómo la plebe romana, en su lucha por alcanzar derechos políticos contra los patricios, se habían retirado al Aventino. La ocupación del Capitolio por parte de los popolari del siglo xiv pretendía poner de relieve la vuelta del pueblo llano al gobierno de la ciudad.

El sueño de la utopía produce monstruos y aunque los modelos que pretendió imitar Cola en su gobierno fueron Catón y los Gracos, no pudo evitar acabar siendo como el impredecible Publio Clodio, también tribuno de la plebe. Una revuelta en apariencia popular aunque auspiciada por sus enemigos, los Colonna y los Orsini, acabaría derribándolo con la aquiescencia de un pueblo que se había visto defraudado en sus expectativas. Cola de Rienzo no moriría aún, pero su sueño de restaurar la República como el Paraíso en la Tierra quedaría como uno de tantos experimentos sociales que habrá a lo largo de la Historia por volver a un estado de primitiva igualdad: una bonita causa perdida por la que luchar antes de que se corrompa.






viernes, 27 de enero de 2017

GABRIEL POZO FELGUERA NOS HABLA SOBRE SU NOVELA: EL EVANGELIO DE LA ALHAMBRA

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… GABRIEL POZO FELGUERA

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Soy curioso y ávido lector, especialmente de todo tipo de Historia, y de muchas historias. Con preferencia por la narrativa histórica. Y, más concretamente, con todo lo relacionado con épocas Medieval y territorio Al-Andalus. Y Granada, por supuesto. 

También ratoncillo de librerías, bibliotecas y archivos. 

He trabajado en periodismo durante un cuarto de siglo, hago guiones para documentales históricos y gestioné dos instituciones culturales bancarias. 

Ahora soy aficionado juntaletras y procuro escribir y divulgar episodios de la historia relacionada con Granada y su entorno.

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

El Evangelio de la Alhambra.


3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Narra los esfuerzos del pueblo morisco granadino (y español por extensión) durante todo el siglo XVI y principios del XVII por mantener sus derechos como minoría cultural, étnica y religiosa. 

Quiero resaltar la intransigencia social y religiosa que acabó en un genocidio por parte de unos españoles que se llamaban cristianos viejos frente a otros vecinos que tenían otras formas de expresar sus costumbres.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

Ha salido en papel, muy bien maquetada y presentada. Se completa con un apéndice documenta y gráfico (en color).

La publica editorial Atrio, wwe.editorialatrio.es, https://www.facebook.com/Editorial-ATRIO-795935120513674/?fref=ts

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

En este caso es María Ana del Castillo y Montiel. Es el hilo conductor de toda la narración, ya que es hija del principal ideólogo del asunto del Pergamino de la Torre Turpiana, de los Libros Plúmbeos del Sacromonte y del Evangelio de Bernabé. María Ana fue también la esposa del “compinche” Miguel de Luna y madre del último protagonista de la saga, el médico Alonso de Luna y del Castillo.

6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

El tema de la sociedad dual granadina (musulmana y cristiana del XVI) y el enconamiento de sus relaciones me ha interesado desde siempre. He publicado algunas cosas sueltas. Un día, tras el Congreso de Moriscos de 2009 en Granada, di por casualidad con la ficha censal del morisco Alonso del Castillo, en el Archivo de Simancas. Tenía, efectivamente, una hija llamada María, de cuya existencia se ha dudado hasta ahora para emparentarlo con Miguel de Luna. Tiempo atrás, un amigo me dijo que guardaba una tabla con una frase de la biblia que estuvo en la Mezquita mayor de la Alhambra; me extrañó, pero al unir cabos, surgió la chispa.

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Por lo general, cuando investigo en alguna fuente, voy haciendo fichas y tomando referencias de diversos temas. Lo guardo y anoto todo. Pero cuando decido centrarme en un libro, tengo parte del trabajo hecho, además de buscar nueva documentación. Unos libros los documenté en medio año, otros llevo toda la vida documentándolos y no sé si algún día los escribiré. Cuando escribo, soy muy metódico, decido ocho o diez horas al día. Prefiero escribir los días nublados o lluviosos. Por eso ahora no puedo escribir. Tendré que mudarme al Norte, jejejé…

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

Además de la ficha censal de la familia de Alonso del Castillo (de 1561), conocer que en el cuadro que representa el Bautismo de San Cecilio (que es la portada del libro), es un alegoría a la mistificación de la sociedad dual española del siglo XVI, lo que querían alcanzar las autoridades civiles y religiosas del momento. 

Pues en ese cuadro las caras son de personajes reales del momento; en él están representadas personas que tuvieron mucho que ver con las invenciones del Pergamino y los Evangelios del Sacro Monte.

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Porque se podrán conocer enfoques distintos al origen del problema morisco, los inventos de cristianos viejos por demostrar el pedigrí del cristianismo en la romana Hispania, la credulidad de Felipe II, los deseos de predestinación del arzobispo Pedro de Castro. Cómo la Contrarreforma fue muy perjudicial para los vecinos moriscos de las Españas.

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

(Adjunto el proemio con que empieza el libro, en 1502)

Granada. 23 de febrero de 1502 

Una nube de humo y olvido cubrió Granada. El joven Alonso apretó el paso en dirección a la Alhambra aquella fresca mañana. La hoguera de Bib-Rambla todavía humeaba. Y lo seguiría haciendo durante muchos días más. Mientras hubiese libros islámicos para alimentar las llamas. 

Nunca pensó que el cardenal Cisneros sería capaz de cometer tamaña barbaridad. Sin duda, el mayor de los crímenes que se puede infligir a la memoria de un pueblo. Nada menos que enviar a la hoguera todos los libros de los musulmanes del Reino de Granada. Menos los que le interesó para sí por ser de medicina o tratados de hierbas. Alonso no sabría calcular cuántos manuscritos formaban la inmensa pira de la plaza del Arenal, junto a la puerta de la Rambla. Vio a no menos de dos centenares de soldados de los muy católicos reyes Isabel y Fernando apilarlos con carretillas atestadas. Allí vertieron más de diez mil libros la primera noche. Tan sólo de su Madrasa, la universidad del Reino, extrajeron cuatro mil. Con indignidad, como se saca a un asesino de su guarida, porque el Cardenal dijo que había que poner fin al origen del mal. Y el pecado no era otro que los libros arábigos. La memoria de un pueblo allí conservada durante ocho siglos. 

Los alfaquíes lloraban desde meses atrás, cuando les había obligado a entregar los libros de sus mezquitas. El cardenal gobernador fue implacable, ni un solo libro debía sustraerse a su examen. ¡Ay de aquél que se atreviera a esconder un solo ejemplar en sus alacenas! Sus soldados revisaron, casi durante dos años, cada una de las casas sospechosas de tener tomos árabes. Fomentó la delación entre vecinos para llegar hasta el último emparedamiento. 

Por eso, aquella madrugada Alonso no había podido pegar ojo en espera de las primeras luces del amanecer. Le entró miedo al ver que Cisneros no se andaba por las ramas. Éste no era como el santo alfaquí Talavera. Era el demonio en persona. Se había propuesto acabar con la fe, el habla y la escritura de los mahometanos, y estaba dispuesto a conseguirlo a fuego y sangre. La llama ya la había prendido; seguro que la sangre correría después. Con la quema de todos los libros arábigos en la plaza de la Rambla pretendía que el olvido triunfase sobre la memoria. Deseaba desunir a un pueblo vencido hacía sólo ocho años y evitar que sus futuras generaciones trascendieran y se perpetuaran a través de su memoria. Muerta la memoria, moriría también el pueblo. 

Alonso había guardado en su casa aquellos dos libros que hablaban de religión. Los tenía en préstamo. Los sacó de la biblioteca de la universidad, la Madrasa, precisamente la misma mañana que los soldados de Cisneros la violentaron para llevarse todos los libros. El pretexto era examinarlos por parte de la poderosa clerecía. Pero bien sabía que jamás volverían a sus estantes. Al principio pensó que la Madrasa, la Escuela de Cánones y Filosofía donde él trabajaba, sería reabierta y devuelta su biblioteca. Pero de eso hacía ya dos años y se temía el peor de los finales. Había rumores de que el cardenal sentía mucha envidia por el gran nivel de la universidad arábiga fundada por el emir Yusuf I, hacía ya más de ciento cincuenta años. Y que la mayoría de manuscritos iban camino de Alcalá. Decían más: Cisneros se lamentaba del gran número y calidad de los libros del Reino de Granada, hechos del mejor papel, cuando en Castilla apenas si existía el papel y sólo se usaba el incómodo y caro pergamino. La alcaná de Granada estaba llena de tiendas de papel y librerías. 

Alonso ibn Bannigas era cristiano converso desde antes de la conquista de Granada. Todo su clan, el del príncipe Cidi Hiaya, se había puesto al servicio de los Reyes Católicos en 1490, mantenían prebendas y honores en la corte de Castilla. Él, a sus veinticinco años, ocupaba un cargo de alta responsabilidad en la Madrasa. Por eso le dolía más lo que estaba ocurriendo en Granada tan sólo ocho años después de firmar capitulaciones. Cisneros estaba incumpliendo todo lo pactado. Deseaba acabar con la fe y la cultura de su pueblo. Porque, a pesar de haber abrazado el cristianismo, a nadie se le escapaba que los príncipes musulmanes lo habían hecho para mantener propiedades y honores de los reyes de Castilla. En el fondo de su corazón seguían practicando la taqyya. 

Granada seguía cubriéndose de humo y olvido aquella mañana de febrero cuando Alonso salió de su palacio. Descendió calle abajo, con los dos libros bien escondidos en un zurrón. Pasó por la puerta de la mezquita de los morabitinos, que permanecía abierta sin que nadie se atreviera a entrar desde muchos meses atrás. Salió por el arco de la Alcazaba vieja y giró a la izquierda en busca del puente de la Ciudadela. Otros lo llamaban del Cadí, en honor del alcaide zirí que lo había construido muchos siglos atrás. Alonso padecía vértigo y no se atrevía a mirar abajo, al lecho del río Dauro, cuando atravesaba este altísimo puente que une el Albayzín con la Alhambra. Peor aún: su miedo le hacía caminar por el centro del enlosado, sin ni siquiera acercarse a los pretiles de piedra que protegen sus extremos. 

El encargado de la Escuela de Cánones de la Madrasa subió a zancadas la rampa escalonada que conduce desde el puente del Cadí hasta la puerta de las Armas de la Alhambra. Había escarchado por la noche en esta zona tan umbría. Adelantó a dos caballos que sus dueños arrastraban de sus ronzales. Tal es de empinada la cuesta y resbaladizo su empedrado. Nada más entrar a la Alcazaba, en las caballerizas de la derecha, vio que unos soldados ensillaban sus monturas. Quizás se dispusieran a acompañar al alcaide en una de sus salidas. La ciudad estaba muy tensa. A Alonso no le importaba que Don Íñigo López de Mendoza no estuviese en la Alhambra. Mejor aún, así no tendría que darle explicaciones al alcaide. Su intención era disimular los dos libros de su zurrón entre los centenares de manuscritos que concentraba la biblioteca de la Alhambra. Estaba seguro de que hasta allí no llegaría la larga y perversa mano de fuego del cardenal Cisneros. Pero albergaba dudas: La nube de humo y olvido que comenzaba a cubrir el reino moro de Granada ¿sería sólo obra del cardenal o cumpliría órdenes de Isabel y Fernando? 

Alonso Ibn Bannigas se había cambiado recientemente su apellido por otro cristiano. Porque así lo exigió la nueva pragmática real. Ahora se hacía llamar Alonso del Castillo. Por fin alcanzó, ciertamente fatigado por las prisas, la puerta del Vino. Se encaminó a los palacios con la intención de esconder los dos fabulosos libros salvados de la quema en Bib-Rambla. 

Cuando se aproximaba a la Mezquita de la Alhambra se topó de improviso con un pariente lejano, Fernando de las Maderas, que iba a su trabajo… 





martes, 17 de enero de 2017

ISABEL BARCELÓ NOS HABLA SOBRE SU NOVELA: "PERSEO Y LA MIRADA DE MEDUSA"

HOY NOS PRESENTA SU OBRA: ISABEL BARCELÓ CHICO

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Me apasiona la lectura y la escritura, la antigüedad en general y, en particular, la antigua Roma, cuyas mujeres me atraen especialmente. De ahí el título de mi blog “Mujeres de Roma” (http://mujeresderoma.blogspot.com), en el que brego y disfruto desde hace más de 10 años. Doy conferencias y también he publicado numerosos artículos, relatos y dos novelas: “Dido reina de Cartago” y “La muchacha de Catulo”, además de algunos títulos de la serie de mitología a la que pertenece el libro que os presento hoy y que se publicarán en breve. 

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

PERSEO Y LA MIRADA DE MEDUSA

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

La novela se desarrolla en un tiempo mítico, cuando las divinidades influían de manera muy intensa en las vidas de los seres humanos. El eje de esta historia es el destino -que en la antigüedad se consideraba inexorable- , y el tema es el crecimiento personal del héroe, dentro del cual se halla el descubrimiento del amor. Creo que se transmite la vigencia de los mitos y su capacidad para hablarnos de nosotros mismos.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

Esta novela corta, y por ciento, con unas encantadoras ilustraciones, se inscribe en una amplia serie coleccionable de mitología clásica, que se publica en papel con el sello de GREDOS y se distribuye en quioscos de toda España. Es factible adquirir poco a poco toda la colección, comprar títulos sueltos y/o títulos atrasados, e incluso, inscribirse para recibirlos directamente en casa. 

Que yo sepa, no está previsto que se publique en digital, al menos de momento.

En esta página web podéis encontrar una explicación más amplia y general acerca de la colección completa. 

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

Mi preferido es, sin duda, Perseo, el protagonista. Es un muchacho joven, sin experiencia, cuya propia ingenuidad lo abocará a enfrentarse a un reto casi imposible de superar por un ser humano: cortar la cabeza de Medusa, una criatura monstruosa cuya mirada convierte en piedra a todo aquel que la mira. 

Otro personajes que me gustan mucho son su madre, Dánae, un ejemplo de resistencia y de valentía frente a la adversidad en un mundo regido por los varones y Andrómeda, una criatura amorosa que descubrirá el amor al mismo tiempo que Perseo.


6) Novelar un mito ¿es un trabajo fácil, o es muy arduo? ¿Qué dificultades has encontrado?

Trabajar sobre un mito no es ni más fácil ni más difícil: por una parte te proporciona la historia; por otra, es preciso ser fiel a las fuentes antiguas, completar las lagunas en consonancia con la época, articular el relato e integrar en él “lo maravilloso” sin que la historia pierda plausibilidad. 

En mi caso, la labor creativa y literaria es buscar en mí misma a esos personajes y, cuando los descubro, tratar de transmitir los sentimientos, los desafíos, los miedos a los que se enfrentan y han de superar. A mi parecer, el mito es, fundamentalmente, emoción, porque va dirigido a lo más profundo de nosotros, como individuos y como cultura, y puede tocar una fibra cuyo cabo inicial se pierde en la noche de los tiempos. El reto es hacer que el lector actual vibre con esos personajes, los sienta próximos y sepa que también están dentro de él. 

7) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Porque su tema es universal. Todos los seres humanos tenemos nuestros propios monstruos a los que, en algún momento, tendremos que cortar la cabeza. 

8) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

“Volaba ya Perseo sobre Etiopía cuando empezó a ver inundaciones y campos desolados. Distinguió luego una magnífica ciudad. En su playa, junto a una roca que penetraba en el mar, se congregaba una muchedumbre. Una figura blanca, quieta como una estatua, destacaba contra la grisura de la roca, a mitad de la escarpa. La curiosidad lo incitó a descender e ir más despacio. Su mirada no halló una dura piedra, como esperaba, sino a una bellísima joven de piel dorada y mórbida. Sus largos cabellos, alborotados por la brisa, lo mismo cubrían que destapaban la curva dulce de sus hombros y uno de sus senos, pues la túnica se le había deslizado por la parte izquierda. Aunque su recato le exigiera taparse, le sería imposible, ya que sus muñecas estaban amarradas por argollas. Toda ella emanaba juventud, pudor y belleza. Aunque no veía su rostro, pues la muchacha miraba hacia el suelo, el dios del amor, el divino Eros, aprisionó el corazón de Perseo con más fuerza que las cadenas que a ella la retenían. Quedó tan enamorado y se sumió en tal embeleso, que se le olvidó batir sus alas y a punto estuvo de precipitarse en el mar.

Cuando Andrómeda, al oír el aleteo, levantó la cabeza para mirarlo, sus grandes ojos velados por las lágrimas, sus labios rosados y jugosos, acabaron de subyugar al muchacho. Ella se estremeció al ver aquel extraño pájaro y bajó la vista. Se posó, al fin, Perseo frente a ella y le preguntó quién era y por qué estaba encadenada. Trababa Andrómeda de ocultar el rostro, por vergüenza, mas la insistencia del joven y el temor a que la creyera culpable de algún horrible crimen, la obligó a responder. Tras explicar los motivos por los que debía satisfacer el apetito de un monstruo, añadió, sonrojándose aún más, que aunque estaba dispuesta al sacrificio por el bien de su patria, temía que el miedo, en el último instante, la incitara a huir. Esa era la razón de las cadenas. Mientras hablaba, se atrevió a mirar dos o tres veces al muchacho volador y también Eros hizo de ella su víctima, pues además de la apostura del joven y el encanto de sus rasgos, Andrómeda vio brillar el amor en sus ojos.”

sábado, 24 de diciembre de 2016

¡NOVELHIS OS DESEA FELIZ NAVIDAD!

Se acercan fechas entrañables y desde la Junta Directiva de NOVELHIS queremos desearos una Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo 2017. Este año hemos realizado talleres, dado conferencias y presentaciones en la Feria del Libro de Granada, y en noviembre celebramos las VI Jornadas, con buen éxito. Estamos muy contentos, y una parte importante de este éxito se debe a vuestro apoyo, al apoyo de todos vosotros, socios ilusionados y amigos apasionados por la Literatura.

Son días de hacer balance y también de nuevas ilusiones. Compartimos con vosotros las nuestras, y al final, ¡¡LIBROS; LIBROS; LIBROS!!, unas cuantas recomendaciones de lecturas para leer y para regalar.

BLAS MALO:
Se cierra el año con buenas perspectivas. Dos de mis libros están en negociaciones para su traducción al finés y turco, que espero culminen bien. Entre tanto, LOPE sigue vivo y espero que su continuación acabe pronto en las librerías. Pero la que sí estará seguro es una nueva novela mía ambientada en la Edad Media, alrededor de un personaje que fue nieto, tío, primo, cuñado, yerno, suegro, abuelo de reyes, y no fue rey: don Juan, hijo del infante Manuel, señor de Peñafiel, Escalona, Garci-Muñoz y Villena; gran político, pertinaz guerrero y además, escritor. Uno de los más grandes personajes del Reino de Castilla. Y entretanto, seguiremos haciendo crecer nuestra Asociación.

CAROLINA MOLINA:
En febrero saldrá mi novela CAROLUS (Ediciones B) centrada en los enredos amorosos de dos granadinos y dos burgalesas a la llegada de Carlos III a Madrid. En abril, tendrán lugar las II Jornadas Madrileñas de Novela histórica que dirijo y coordino junto a los también autores Olalla García, David Yagüe, Víctor F. Correas, Eduardo Valero y Ana B Nieto y finalmente todos nosotros estamos dando los pasos para fundar una asociación cultural de ámbito nacional con el propósito de organizar actividades de diversos géneros, tanto literarios como centrados en la Historia o en la recreación.

MARIO VILLÉN:
Llevo sin publicar dos años pero eso no quiere decir que no esté escribiendo. Ahora mismo estoy en la fase de corrección de un manuscrito que me ha tenido ocupado durante todo este tiempo. La época en la que se desarrolla es compleja y el proceso de documentación me ha supuesto muchas horas de investigación y estudio. Por lo demás, también estoy haciendo algunas correcciones para otros autores, y sigo trabajando en la asociación, que acaba de cambiar su nombre a NOVELHIS.

NUESTRA LISTA DE RECOMENDACIONES de LIBROS 2016:

EL FALSIFICADOR DE LA ALCAZABA
(Carolina Molina, Editorial Nazarí, 2014)
LOPE, LA FURIA DEL FÉNIX
(Blas Malo, Ediciones B, 2016)
40 DIAS DE FUEGO
(Mario Villén, Editorial Seleer, 2015)
LA LEGIÓN DE LOS JUSTOS
(Andrés Nadal, Ediciones Perímetro, 2016)
LA CIUDAD
(Luis Zueco, Ediciones B, 2016)
LA CORTE DE LOS ENGAÑOS
(Luis García Jambrina, Espasa, 2016)
CERVANTES TIENE QUIEN LE ESCRIBA
(Varios Autores, Editorial Traspiés, 2016)
EL EVANGELIO DE LA ALHAMBRA
(Gabriel Pozo Felguera, Narrativa Histórica Atrio, 2016)
EL EVANGELIO DE LA ALHAMBRA
(José Barroso, FANES, 2016)
EL ULTIMO AMOR DEL GRAN CAPITÁN
(Antonio Luis Callejón, DAURO, 2016)
JUANA LA LOCA
(Brígida Gallego-Coín, ALMED, 2016)
LA MUJER DEL RELOJ
(Álvaro Arbina, Ediciones B, 2016)
EL AROMA DE BITINIA
(Jaime García-Torres Entrala, CIUDAD DE VALERIA, 2013)
LOS CABALLEROS DEL ESTANDARTE SAGRADO
(José Soto Chica, Editorial Victoria, 2015)
LAS NOVELAS DE TORQUEMADA
(Benito Pérez Galdós, Alianza Editorial)
MADRID, LA NOVELA
(Antonio Gómez Rufo, Ediciones B. 2016)
TAL COMO ÉRAMOS
(María Pilar Queralt del Hierro. Ed. Edaf, 2016)
A LA SOMBRA DEL GRANADO
(Tariq Alí, EDHASA, 2003)
EL PUENTE DE ALCÁNTARA
(Frank Baer, EDHASA, 2001)
LAS PUERTAS DE FUEGO
(Steven Pressfield, GRIJALBO, 2008)

OS DESEAMOS BUENAS LECTURAS y ¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!



Blas Malo Poyatos
Carolina Molina
Mario Villén
Noelia Ibañéz
Sara Esturillo




jueves, 15 de diciembre de 2016

SEBASTIÁN ROA NOS HABLA SOBRE SU NUEVA NOVELA: "LAS CADENAS DEL DESTINO"

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… SEBASTIÁN ROA 

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Me llamo Sebastián Roa. Nací en Teruel, pero he vivido en media España y trabajado en la otra media, así que soy una especie de mil sangres. Tengo 48 tacos y soy autor de seis novelas publicadas; además he participado en varias antologías de relato y frecuento algunos saraos literarios, como talleres y concursos. 



2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

Las cadenas del destino. Es la última de una trilogía temática dedicada a la invasión almohade. Eso quiere decir que la novela puede leerse sin haber leído las otras dos.

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Las cadenas del destino abarca el periodo culminante de la rivalidad entre almohades y cristianos, desde 1195 hasta 1212. En las dos anteriores, La loba de al-Ándalus cubría el inicio de la invasión almohade, de mediados del siglo XII al año 1172. En la siguiente, El ejército de Dios, recorría el lapso entre 1174 y 1195, momento en el que los almohades pusieron de rodillas a los cristianos en Alarcos.

Mi intención con Las cadenas del destino es la de poner al lector en la piel de quien se ve abocado al exterminio o a la esclavitud, y ha de buscar la forma de luchar contra esa amenaza. He puesto el énfasis en el valor y el miedo, pero creo que los temas principales de la novela son el sacrificio y la esperanza.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

En papel y en digital. Ha sido publicada por Ediciones B (www.edicionesb.com) en noviembre de 2016.

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

En cada novela de la trilogía he diseñado con especial mimo a los personajes femeninos. En la primera me enamoré de una musulmana, Zobeyda bint Hamusk; en la segunda lo hice de una cristiana, Urraca López de Haro. En esta le ha tocado a una judía sin pedigrí, la prostituta Raquel. Aunque estoy orgulloso de las otras mujeres que recorren las páginas de Las cadenas del destino: Ramla bint Sanadid, María de Montpellier y Leonor Plantagenet.


6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

Es la consecuencia lógica de las otras dos novelas. En el campo narrativo, nace de mi afán por adentrarme en la condición humana en condiciones extremas. En el campo histórico he tratado de enfocar de forma amplia la invasión almohade, considerando la batalla de las Navas de Tolosa no solo por sí misma o por sus antecedentes inmediatos, sino como colofón de un proceso social, político, económico y religioso que dura más de medio siglo.

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Mi periodo de documentación estándar es de seis meses, aunque en este caso tenía gran parte del trabajo hecho por las anteriores novelas. Resulta imposible sumar el tiempo efectivo de documentación dedicado a la trilogía, porque hay que considerar que un novelista histórico no deja de documentarse mientras escribe o cuando revisa cada borrador.

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

Todo lo relacionado con la tormentosa relación entre el rey Pedro II de Aragón y su esposa, María de Montpellier. Esta mujer es una mina de dramatismo. Disfruté especialmente al recrear la legendaria concepción de su único hijo, el que después se convertiría en Jaime I, el Conquistador.

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Por dos razones: la primera es la exploración de las pasiones y los valores de personas que se hallan al borde del precipicio; la segunda es el innegable paralelismo entre esa época y la actual, especialmente en lo relativo al enfrentamiento con el fanatismo religioso. 

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

Claro. Ahí va el principio del capítulo primero, titulado El cobarde. 

Verano de 1195. Llanura de Alarcos

Velasco se despierta y mira a su izquierda. El mundo es un borrón cuyos contornos vuelven a dibujarse. Poco a poco aparece un rostro humano, vecino. Ojos de par en par, barba enmarañada, piel sucia. La boca está abierta, y por entre los dientes negros asoma una lengua igual de negra. El hombre está inmóvil, aunque algo se agita sobre su piel. Pequeñas manchas que se recrean en sus labios, se desplazan por los pómulos y corretean sobre los ojos. Velasco se da cuenta de que está mirando a un muerto. Y a su lado hay otro. Y otro más. No le cabe duda de dónde está. El infierno, claro. La morada de Satanás. Y por todas partes, los condenados. Despojos que se confunden entre sí, con lo pardo de la tierra y lo rojo de la sangre. Hay muertos que todavía empuñan armas, y sus hojas se hunden en los cuerpos de otros muertos. Miembros desgarrados, amputados por el filo de la espada o el hacha. Yelmos abollados, lorigas desmalladas, rostros que estallaron, escudos astillados, jirones de carne. Sangre a medio secar en las comisuras que apenas ocultan los dientes quebrados. Algunos cadáveres, es curioso, parecen aún vivos. Incluso a gusto. Se aprietan unos contra otros. Diríase que se abrazan. Otros tienen un aspecto casi cómico. En posturas forzadas, con brazos y piernas doblados en ángulos imposibles. Los hay que se acurrucan, se enlazan las rodillas o se tapan la cabeza, como si pudieran evitar que sus sesos se escurran sobre tierra. Lo peor son los ojos. Parecen hundidos, se ocultan en la carne para escapar del horror. Ojos abiertos, sí. Pero ausentes, fijos, apagados, en los que ya se posa el polvo y sobre los que caminan los insectos. Porque los muertos yacen bajo nubes de insectos. Moscas de vientres verdes y brillantes que se entretienen sobre las heridas, los cortes y las vísceras derramadas. Hurgan en la carne, levantan el vuelo y zumban en un aire denso y agridulce, caliente y húmedo, solo para ir en busca de otro cadáver que saborear.

Velasco trata de moverse, pero no puede. El peso del mundo descansa sobre él. «Tal vez estoy muerto yo también», piensa. Intenta recordar. Vuelve la cabeza y mira arriba. Un cielo azul que empieza a oscurecerse. Hay aves. Buitres que planean en lo alto. Y cuervos. «¿Cómo he llegado hasta aquí?»




sábado, 3 de diciembre de 2016

EL AGUAOR, EL LOTERO Y UN DESCONOCIDO CABALLERO...



Foto sin fecha.

Aunque el fotógrafo haya elegido claramente el asunto y el protagonista entre los pocos personajes que intervienen en esta breve y ordinaria escena, repetida otrora a diario en cualquier calle de Granada, para no desaprovechar nada de semejante escenario vivo ni de su parco pero selecto elenco, creo que sería lo más apropiado atenernos al orden exigido a los autores que escenifican por escrito un acto cualquiera de su obra anteponiendo una escueta acotación sobre la localización y el ambiente previos e indispensables para el despliegue tangible y concreto de la pieza dramática que ha surgido provista así, con toda esta tramoya, del interior de su minerva. Pero tal y como suelen hacer algunos autores, que generalizan y hacen ubicuos, a propósito, los rasgos de un determinado lugar sin hacer mención de su nombre propio, solo tenemos a la vista sobre esta escena el pavimento, las aceras y parte de los comercios de lo que podría ser una de tantas calles de menos tráfico e importancia que precisamente por esto mismo no acostumbran a merecer alguna de las corrientes y repetidísimas fotografías cuyo objeto reside en ilustrarnos el espacio más característico y distintivo de una determinada ciudad. Nos quedamos con la duda en este punto y con insuficientes datos observables de donde conjeturar una identificación cierta más allá de lo que sería una calle bien cuidada, con una anchura mediana e idónea para una modesta actividad comercial desempeñada en una serie de bajos de lo que debían ser probablemente pisos. Imaginemos un Zacatín o un lugar parecido, tal vez algo más holgado y llano si nos guiamos por las sombras próximas de la otra acera. Pero justo al verse proyectado por las naturales candilejas de una estación un tanto o mucho calurosa, dejándolo iluminado en sus más nimios e insustanciales detalles para esta verídica y gratuita función diurna, no vamos a echar ni lo visto ni lo entrevisto a la cuenta de lo común y lo trivial. Cuántas veces nos disponen nuestras divagaciones a satisfacer los desesperados anhelos de recuperar alguien o algo de lo que ya no existe contentándonos con volver a verlo vivo aunque solo sea la gracia de un segundo y en el aspecto más vulgar e insignificante que pudiera haber revestido en un día cualquiera de su vida. Un vislumbre de parecido regocijo nos lo proporcionan estos frágiles pecios de la aniquilación del pasado que son las fotografías por obra y gracia de tales trasfondos amputados y mezquinos como el que comentamos, banales o sugestivos, anodinos o dignos de primer plano, pero fundamentales para animar y provocar las menudencias de muchos episodios que vemos desarrollarse en una imagen estática. De hecho ¿qué otra cosa sino una céntrica calle castigada por una fuerte solanera haría comparecer, como en su natural elemento, al resto de personajes de nuestra escena: al itinerante e iterativo vendedor de lotería, al omnipresente y errabundo morador de nuestras calles de antaño, el aguaor, y a un ocasional y repulido cliente que le permite a éste último hacer demostración de su rutinaria y pronta manera de llenar ágilmente y con una sola mano un vaso de agua cristalina? En tal coincidencia estriba en gran parte el encanto de la fotografía porque de sobra sabemos que el porteador de agua, como solía traducirse dicho oficio a varias lenguas extranjeras, ha sido el protagonista de muchísimas postales de diversa edad, especie y factura pero, eso sí, normalmente solo o, en todo caso, caracterizado con los habituales adminículos vivientes o inertes que le sirven de auxilio en el ejercicio de su menester. No suele presentarse el caso de verlo retratado así, con alguno de sus muchos compañeros de fatigas, como el vendedor ambulante de billetes de lotería, ni junto a otros tipos que por motivos de mero asueto podían buscar las sombras de estas calles hace poco más o menos un siglo. Si consideramos a los dos primeros como exponentes de una muy identificable y característica clase social vemos que, desde el calzado hasta la prenda que les cubre la cabeza, se acusaba cierta variedad en el vestir ordinario. Diversos cortes de chaqueta, con solapa y sin ella, sobre chaleco o directamente sobre camisa, además de la boina o el sombrero cuya forma recuerda y encaja, en parte, con la descrita por un ilustre paisano, conocedor de la versión local del famoso catite. Leemos en El Niño de la Bola, novela de Alarcón, que “este sombrero era de finísima paja de color café, ancho de alas y muy alto y puntiagudo, como los que usan muchas gentes de América y de las Dos Sicilias, a cuya forma se da en Granada el pintoresco nombre de sombrero catite”. Sabemos en qué año murió nuestro gran novelista y la distancia que lo separaba del año presumible en que podemos fechar esta foto, evidentemente muy posterior. No obstante, por un lado, es un hecho comprobado que las clases populares son más reacias a cambiar o abandonar drásticamente su vestimenta como lo hacen otros grupos sociales que disfrutan de medios más desahogados o son más permeables a las modas además de que, en otro orden de cosas, esta variedad de sombrero de corona recta y pronunciada aparece, si no fabricado ya en fina paja, en otro material y como necesaria prenda de otros tipos populares coetáneos a esta foto. Llegados de pueblos o localidades netamente rurales aparecen tocados con este mismo sombrero el vendedor de miel o el famoso pavero que tan popular se convertía en Granada la víspera de Navidad, sin hacer mención de los asiduos a la feria de ganados del Salón o del Triunfo que también solían llevarlo justo por entonces en la época en que pudo ser tomada nuestra foto. De hecho, muchos granadinos de cierta edad aún lo reconocen en algunas fotografías que hemos publicado ambientadas pintorescamente en jornadas de estas mismas ferias. Pero lo que llama poderosa y gratamente la atención es el señor de más edad que observa y espera, moneda en mano, a que el aguador, enfrascado y abstraído seriamente en su faena, le ofrezca el vaso lleno de agua. Nos sorprende, como decimos, y alegra comprobar que el verano traía para las clases acomodadas un alivio o una liberación en los colores apagados, lúgubres y oscurecidos que predominaban durante el invierno en su indumentaria de abrigo. Aquellas capas, reliquia distinguida de caballeros de otros tiempos, junto a los sombreros imponían una severidad en los viandantes de nuestras calles del centro, por ejemplo, Reyes Católicos, que fotos de los primeros años del siglo XX nos trasladan ipso facto a las últimas décadas del XIX, lejos aún de aquel prometedor nuevo siglo. Aunque resulte algo extemporáneo a este respecto traemos, no obstante, a colación como argumento testimonial y de cierta autoridad, los comentarios que dejó Pérez Galdós sobre la moda uniforme, desleída y adusta de la segunda mitad del XIX, desprovista del bizarro colorido vigente entre las clases populares de principios del XIX cuando aún no se había impuesto ni el dictado ni el monopolio de que gozó la industria británica. Una moda también de ribetes foráneos, aunque de signo opuesto, eran parte de este risueño desembarazo del canotier, que tanto privaba en cabezas de todas las edades hace justo un siglo, así como los tonos claros que delatan algunos detalles de la vestimenta de este señor de más edad. A pesar de llevar una convencional americana guayabera tal y como lo harían y lo han hecho hasta hace poco tiempo muchas personas de su edad, el estilo Oxford de su calzado crema o blanco confirma todo lo que decimos sobre la rejuvenecida moda que tomaba nuestras calles en los días de verano. Imperturbables en lo básico de su atuendo permanecían, como vemos, los más humildes como nuestro aguador que, como decíamos al principio, ostenta los honores de protagonista de esta pintoresca y vívida foto. Con su garrafa, la cesta de los vasos y la anisera se apañaba para llevar el vaso agarrado con una mano mientras que con el pulgar de la otra, asida de la correa que agarraba la garrafa, tensándola la hacía volcar para derramar la cantidad de agua suficiente. Como sabemos bien, mucho antes de su desaparición, los aguadores se habían convertido en uno de los símbolos populares de las tradiciones más entrañables de Granada. Si los consideramos así, incluso ya sublimados con el halo de nostalgia que le ha prestado su definitiva desaparición, tal vez no atendamos a otra realidad, mucho menos idílica, que explicaban más prosaicamente su función y su razón de ser. Cuando en Madrid el moderno y seguro abastecimiento de aguas con el Canal de Isabel II los había ya licenciado en años de aquel remoto reinado, acallando también la leyenda particular que se atribuía al agua de sus diferentes fuentes, en Granada seguiríamos casi un siglo largo más dependientes de esta manual distribución del agua por la rémora de una anticuada e insalubre red potable de aguas. A los ojos de un filósofo como Don Angel Ganivet esta explicación sería cuando menos un motivo más de mofa que un natural de esta tierra debiera considerar como un necio atentado a uno de nuestras más preciadas esencias. El acarreo y la venta de agua cumplidos por nuestros aguadores fue un aliciente costumbrista, un medio de vida para muchos padres de familias que, como dice el propio Ganivet, podían ser “un albañil que busca un sobrejornal para dar una vuelta de ropa a su gente” y, por ello mismo, un paciente y merecido protagonista de nuestra difícil e íntima historia.

DÍDIMO FERRER.


JORNADAS DE NOVELA HISTÓRICA DE GRANADA

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