sábado, 3 de diciembre de 2016

EL AGUAOR, EL LOTERO Y UN DESCONOCIDO CABALLERO...



Foto sin fecha.

Aunque el fotógrafo haya elegido claramente el asunto y el protagonista entre los pocos personajes que intervienen en esta breve y ordinaria escena, repetida otrora a diario en cualquier calle de Granada, para no desaprovechar nada de semejante escenario vivo ni de su parco pero selecto elenco, creo que sería lo más apropiado atenernos al orden exigido a los autores que escenifican por escrito un acto cualquiera de su obra anteponiendo una escueta acotación sobre la localización y el ambiente previos e indispensables para el despliegue tangible y concreto de la pieza dramática que ha surgido provista así, con toda esta tramoya, del interior de su minerva. Pero tal y como suelen hacer algunos autores, que generalizan y hacen ubicuos, a propósito, los rasgos de un determinado lugar sin hacer mención de su nombre propio, solo tenemos a la vista sobre esta escena el pavimento, las aceras y parte de los comercios de lo que podría ser una de tantas calles de menos tráfico e importancia que precisamente por esto mismo no acostumbran a merecer alguna de las corrientes y repetidísimas fotografías cuyo objeto reside en ilustrarnos el espacio más característico y distintivo de una determinada ciudad. Nos quedamos con la duda en este punto y con insuficientes datos observables de donde conjeturar una identificación cierta más allá de lo que sería una calle bien cuidada, con una anchura mediana e idónea para una modesta actividad comercial desempeñada en una serie de bajos de lo que debían ser probablemente pisos. Imaginemos un Zacatín o un lugar parecido, tal vez algo más holgado y llano si nos guiamos por las sombras próximas de la otra acera. Pero justo al verse proyectado por las naturales candilejas de una estación un tanto o mucho calurosa, dejándolo iluminado en sus más nimios e insustanciales detalles para esta verídica y gratuita función diurna, no vamos a echar ni lo visto ni lo entrevisto a la cuenta de lo común y lo trivial. Cuántas veces nos disponen nuestras divagaciones a satisfacer los desesperados anhelos de recuperar alguien o algo de lo que ya no existe contentándonos con volver a verlo vivo aunque solo sea la gracia de un segundo y en el aspecto más vulgar e insignificante que pudiera haber revestido en un día cualquiera de su vida. Un vislumbre de parecido regocijo nos lo proporcionan estos frágiles pecios de la aniquilación del pasado que son las fotografías por obra y gracia de tales trasfondos amputados y mezquinos como el que comentamos, banales o sugestivos, anodinos o dignos de primer plano, pero fundamentales para animar y provocar las menudencias de muchos episodios que vemos desarrollarse en una imagen estática. De hecho ¿qué otra cosa sino una céntrica calle castigada por una fuerte solanera haría comparecer, como en su natural elemento, al resto de personajes de nuestra escena: al itinerante e iterativo vendedor de lotería, al omnipresente y errabundo morador de nuestras calles de antaño, el aguaor, y a un ocasional y repulido cliente que le permite a éste último hacer demostración de su rutinaria y pronta manera de llenar ágilmente y con una sola mano un vaso de agua cristalina? En tal coincidencia estriba en gran parte el encanto de la fotografía porque de sobra sabemos que el porteador de agua, como solía traducirse dicho oficio a varias lenguas extranjeras, ha sido el protagonista de muchísimas postales de diversa edad, especie y factura pero, eso sí, normalmente solo o, en todo caso, caracterizado con los habituales adminículos vivientes o inertes que le sirven de auxilio en el ejercicio de su menester. No suele presentarse el caso de verlo retratado así, con alguno de sus muchos compañeros de fatigas, como el vendedor ambulante de billetes de lotería, ni junto a otros tipos que por motivos de mero asueto podían buscar las sombras de estas calles hace poco más o menos un siglo. Si consideramos a los dos primeros como exponentes de una muy identificable y característica clase social vemos que, desde el calzado hasta la prenda que les cubre la cabeza, se acusaba cierta variedad en el vestir ordinario. Diversos cortes de chaqueta, con solapa y sin ella, sobre chaleco o directamente sobre camisa, además de la boina o el sombrero cuya forma recuerda y encaja, en parte, con la descrita por un ilustre paisano, conocedor de la versión local del famoso catite. Leemos en El Niño de la Bola, novela de Alarcón, que “este sombrero era de finísima paja de color café, ancho de alas y muy alto y puntiagudo, como los que usan muchas gentes de América y de las Dos Sicilias, a cuya forma se da en Granada el pintoresco nombre de sombrero catite”. Sabemos en qué año murió nuestro gran novelista y la distancia que lo separaba del año presumible en que podemos fechar esta foto, evidentemente muy posterior. No obstante, por un lado, es un hecho comprobado que las clases populares son más reacias a cambiar o abandonar drásticamente su vestimenta como lo hacen otros grupos sociales que disfrutan de medios más desahogados o son más permeables a las modas además de que, en otro orden de cosas, esta variedad de sombrero de corona recta y pronunciada aparece, si no fabricado ya en fina paja, en otro material y como necesaria prenda de otros tipos populares coetáneos a esta foto. Llegados de pueblos o localidades netamente rurales aparecen tocados con este mismo sombrero el vendedor de miel o el famoso pavero que tan popular se convertía en Granada la víspera de Navidad, sin hacer mención de los asiduos a la feria de ganados del Salón o del Triunfo que también solían llevarlo justo por entonces en la época en que pudo ser tomada nuestra foto. De hecho, muchos granadinos de cierta edad aún lo reconocen en algunas fotografías que hemos publicado ambientadas pintorescamente en jornadas de estas mismas ferias. Pero lo que llama poderosa y gratamente la atención es el señor de más edad que observa y espera, moneda en mano, a que el aguador, enfrascado y abstraído seriamente en su faena, le ofrezca el vaso lleno de agua. Nos sorprende, como decimos, y alegra comprobar que el verano traía para las clases acomodadas un alivio o una liberación en los colores apagados, lúgubres y oscurecidos que predominaban durante el invierno en su indumentaria de abrigo. Aquellas capas, reliquia distinguida de caballeros de otros tiempos, junto a los sombreros imponían una severidad en los viandantes de nuestras calles del centro, por ejemplo, Reyes Católicos, que fotos de los primeros años del siglo XX nos trasladan ipso facto a las últimas décadas del XIX, lejos aún de aquel prometedor nuevo siglo. Aunque resulte algo extemporáneo a este respecto traemos, no obstante, a colación como argumento testimonial y de cierta autoridad, los comentarios que dejó Pérez Galdós sobre la moda uniforme, desleída y adusta de la segunda mitad del XIX, desprovista del bizarro colorido vigente entre las clases populares de principios del XIX cuando aún no se había impuesto ni el dictado ni el monopolio de que gozó la industria británica. Una moda también de ribetes foráneos, aunque de signo opuesto, eran parte de este risueño desembarazo del canotier, que tanto privaba en cabezas de todas las edades hace justo un siglo, así como los tonos claros que delatan algunos detalles de la vestimenta de este señor de más edad. A pesar de llevar una convencional americana guayabera tal y como lo harían y lo han hecho hasta hace poco tiempo muchas personas de su edad, el estilo Oxford de su calzado crema o blanco confirma todo lo que decimos sobre la rejuvenecida moda que tomaba nuestras calles en los días de verano. Imperturbables en lo básico de su atuendo permanecían, como vemos, los más humildes como nuestro aguador que, como decíamos al principio, ostenta los honores de protagonista de esta pintoresca y vívida foto. Con su garrafa, la cesta de los vasos y la anisera se apañaba para llevar el vaso agarrado con una mano mientras que con el pulgar de la otra, asida de la correa que agarraba la garrafa, tensándola la hacía volcar para derramar la cantidad de agua suficiente. Como sabemos bien, mucho antes de su desaparición, los aguadores se habían convertido en uno de los símbolos populares de las tradiciones más entrañables de Granada. Si los consideramos así, incluso ya sublimados con el halo de nostalgia que le ha prestado su definitiva desaparición, tal vez no atendamos a otra realidad, mucho menos idílica, que explicaban más prosaicamente su función y su razón de ser. Cuando en Madrid el moderno y seguro abastecimiento de aguas con el Canal de Isabel II los había ya licenciado en años de aquel remoto reinado, acallando también la leyenda particular que se atribuía al agua de sus diferentes fuentes, en Granada seguiríamos casi un siglo largo más dependientes de esta manual distribución del agua por la rémora de una anticuada e insalubre red potable de aguas. A los ojos de un filósofo como Don Angel Ganivet esta explicación sería cuando menos un motivo más de mofa que un natural de esta tierra debiera considerar como un necio atentado a uno de nuestras más preciadas esencias. El acarreo y la venta de agua cumplidos por nuestros aguadores fue un aliciente costumbrista, un medio de vida para muchos padres de familias que, como dice el propio Ganivet, podían ser “un albañil que busca un sobrejornal para dar una vuelta de ropa a su gente” y, por ello mismo, un paciente y merecido protagonista de nuestra difícil e íntima historia.

DÍDIMO FERRER.


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