martes, 21 de junio de 2016

ELISA VÁZQUEZ DE GEY NOS PRESENTA SU OBRA "UNA CASA EN AMARGURA"

Preséntate a tus nuevos lectores 

Me llamo Elisa Vázquez de Gey y soy de Lugo. Vivo y escribo en Galicia. Mi trayectoria como escritora comenzó en la poesía y con los años fue derivando hacia la biografía y la novela histórica. He publicado Anita Delgado, Maharaní de Kapurthala (Planeta, 1998); El sueño de la Maharaní (Grijalbo, 2005) y La Princesa de Kapurthala (Planeta, 2008). 
Mi obra más reciente, la que os estoy presentando, salió a la venta en julio de 2015 y se titula Una casa en Amargura. Es una novela histórica ambientada en La Habana colonial que aborda el poco explorado tema de la esclavitud doméstica femenina en la Cuba española de los años anteriores e inmediatamente posteriores a la abolición (1850-1885). 

Una casa en Amargura está publicada en papel por Ediciones B de Barcelona (Colección “Grandes Novelas”), disponible en formato electrónico y tiene su propia web: 



¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

Los que me conocen daban por cierto que, en mi caso, el salto de los extravagantes palacios de los maharajás al universo de las mujeres esclavas en la Cuba colonial solo era cuestión de tiempo. Sabían que las dos Indias, la de incienso y jazmín y la de la palma y la caña, ocupaban en paralelo mi derrotero literario. De ahí que contar cómo surgió “Una casa en Amargura” me obligue a revivir una complicada singladura. 

Veréis, tras varios libros centrados en el mismo personaje (Anita Delgado, la Princesa española de Kapurthala) me surgió la oportunidad de viajar a La Reunión, en el ultramar francés. Era 1998 y la isla conmemoraba el 150 aniversario de la abolición de la esclavitud.

En un atardecer de tertulia y ron alguien mencionó, con toda naturalidad, que sus antepasados habían sido esclavos “en la vainilla”, y que una de las mujeres de su familia, nacida en esclavitud, había obtenido la condición liberta, a la edad de veintitrés años, por testamento de su ama. Añadió que, cuando la joven se supo libre, lo primero que hizo fue lanzarse a la calle y suplicar a cuantos conocía que le prestasen dinero porque necesitaba... ¡comprarse un esclavo! Ante mi pasmo, el narrador puntualizó que el esclavo que su antepasada quería comprar era su propio esposo. Separados a la fuerza, a él lo habían puesto a la venta y el amo acababa de fijarle precio. La única solución para vivir juntos era que ella lo comprase aunque, por la misma naturaleza del acto jurídico, él pasase a ser un esclavo y de su propiedad.

Todavía recuerdo el desasosiego que me causó su relato. Y el asombro aumentó cuando conocí el final de la historia: treinta años después la esposa había logrado pagar el carísimo préstamo y, además, había reunido dinero para acudir a un notario y encargar una carta de libertad que “ahorrarse del estado de servidumbre” a su esclavo. Le había regalado la libertad a su esposo.

La chispa literaria se había encendido. Supe que iba a escribir sobre la esclavitud y que el perfil de mi protagonista respondería al de aquella valiente y esforzada mujer. Y me preguntaba si en la España colonial del XIX habrían tenido lugar episodios similares…  

¿Cuánto tiempo te llevó la fase de documentación? ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste?

Inicié la documentación en fuentes reunionesas y africanas con idea de continuarla en España pero, una vez aquí me di de bruces con la realidad. Nuestra historia apenas menta la esclavitud colonial y, lo que en el ultramar francés constituye un valioso corpus de relatos, recopilados y compartidos, en el contexto esclavista peninsular permanece velado. Así pues, centré mi investigación en la Cuba del siglo XIX, foco esclavista por excelencia del tabaco, del cacao y sobre todo de Su Majestad el Azúcar. 

Viajé a La Habana en varias ocasiones a lo largo de 5 años. Los archivos y bibliotecas de La Habana me ofrecían un excelente anclaje histórico y sociológico, por lo que decidí ambientar la novela en los años anteriores e inmediatamente posteriores a la Ley que ordena el cese del estado de esclavitud en la Isla de Cuba (1880), un tiempo en el que Real Villa, pese a que la Isla estuvo involucrada en dos guerras contra España, disfrutaba la mayor de las opulencias.

Con el telón de fondo de una metrópoli bulliciosa, poblada de militares, gallegos buscavidas, nobles españoles, acaudaladas familias criollas y esclavos africanos y chinos, mi intención era dar con un espacio recoleto donde recrear la vida cotidiana de amos y siervos; un contexto familiar que ayudase a exponer aspectos poco conocidos de la esclavitud. Y lo encontré en la calle Amargura, la arteria que une la Plaza de San Francisco con la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje. No en vano ya en 1857, el escritor José María de la Torre la había descrito en Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna: “Llámase así porque, en la cuaresma, salía todas las tardes de la Tercera Orden de San Francisco, una Pasión que iba por esa calle hasta la iglesia del Cristo, que era el Humilladero (…) a imitación de la Vía Crucis, de Jerusalén, que se llamó de la Amargura.” Por tanto, instalé a mis personajes en una elegante casona de tan distinguida calle.

Lo más anecdótico fue la ausencia de documentación sobre el particular en territorio español y, por supuesto, dar con el episodio de los 1744 gallegos esclavizados en Cuba por otro gallego, un político orensano llamado Urbano Feyjóo Sotomayor.


Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

En el marco temporal que abarca Una casa en Amargura la trata de esclavos ya estaba prohibida, pero los dos mil ingenios azucareros de la Isla, pese a estar parcialmente mecanizados, seguían precisando brazos. De ahí que los puertos cubanos aceptasen sin reparos la descarga ilegal de cautivos procedentes de África y que docenas de buques ingleses patrullasen el océano con ánimo de impedir la trata.

Eso exactamente tuvo que sufrir Misterio, la protagonista de Una casa en Amargura, había llegado a Cuba en una nave presa por ingleses, por lo que la despacharon diciéndole que era emancipada y el Gobierno colonial se ocupó de alquilarla como planchadora a diferentes amos los cuales, uno tras otro, le fueron cambiando el nombre. Cinco amos, cinco nombres. Por eso Misterio tenía problema de papel. 

La conocemos intentando solucionar el asunto de sus documentos en el estudio de un Síndico que atiende reclamaciones de esclavos en su propia casa. Una curiosa peripecia hace que el caballero se fije en los modales de la emancipada y le proponga quedarse en Amargura para meter en vereda a Dulce Elena, su asilvestrada hija. Misterio acepta el trabajo y a partir de ese momento su vida discurre de maravilla: desde el amanecer hasta después del mediodía es sobresaliente cuidandera de niña blanca, las tardes se le escurren planchando ropa pafuera en el ventanuco del cuarto donde pernocta y, llegada la madrugada, completa su economía en la zona de planchado del tren de lavado del chino Xing. Una delicia de jornada, sí señor, como para dar gracias a Dios.

Pero Misterio fallece y sus allegados descubren que les ha dejado una encomienda: Su amiga pide la presencia de cinco personas, dos de ellas totalmente desconocidas, en la apertura de su testamento y ellos tendrán que localizarlas. La búsqueda desvelará muchos secretos sorprendentes.

¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Porque a partir de una muy ágil y entretenida trama novelística centrada en un suceso inesperado, una encomienda póstuma y un extraño testamento el lector se sumerge en la desconocida historia de la Cuba colonial, descubre los hábitos de la vida cotidiana en las grandes casonas habaneras y se asombra ante las curiosas relaciones entre amos y esclavos en una Isla que, por aquel entonces, era española.

Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

¡Cómo no! Aquí os dejo un fragmento del cap. 3. La narradora es la hija del Síndico, Dulce Elena, una niña criolla que nos habla de su esclavo. Se titula “Ulises Horacio, mi muleque”

“En La Habana, cuando la que ahora les habla era niña chica, es decir a finales de los años cincuenta, apenas acababa de nacer un niño blanco y ya sus padres le regalaban un negrito. Por eso casi todos los hijos de buena familia disponemos de un “muleque” para nuestro servicio personal y es habitual contemplar la estampa callejera de bellos negritos con guantes y librea de terciopelo colocando la banqueta a los pies de sus amos niños, para ayudarles a subir al coche, o de lindas “mulequitas” endomingadas que, cuando la familia va a la iglesia, caminan orgullosas dos pasos por delante de su amita llevando en sus manos la silla y la alfombra de la Niña. El mío también me lo regalaron cuando nací y atiende por Ulises Horacio, nombre que le puso mi mamá, gran amante de la literatura clásica.

Ulises y yo nunca nos hemos separado. Con solo nueve años ya se presentaba a sí mismo con un “Aquí llega Ulises Horasio, el muleque de Niña Duuulse”, siempre alargando la u. Él y no otro me acompañó cuando mis primeros pasos, soportó mis caprichos, consoló mis pataletas, recibió no pocos chancletazos y castigos por mi culpa, sufrió con mis caídas y lloró conmigo. Cuando me ponía enferma no se alejaba de mi lecho y pasaba las noches a los pies de mi cama, tumbado sobre el piso, “que así el negrito pué escuchá el respirá de la Niña”. Por más que me esfuerzo, no acierto a recordar un solo suceso importante de mi vida en el que él no haya estado a mi lado. 

Guardo el recuerdo amable de mi muleque intentando, tarde tras tarde, amenizar una siesta que yo me negaba tajantemente a realizar. Para no perturbar el descanso de mi padre en las horas de más calor Ulises me entretenía canturreando panalivios quejumbrosos que aprendía de las negras en la cocina, mientras yo, espatarrada en la hamaca que él mecía de a poquitos, coreaba bajito el estribillo de aquellos cantos de esclavos. Como había que tener cuidado de no hacer ruido, Ulises danzaba susurrándome al oído la letra del canto y mi baile se reducía a copiar sus movimientos desde la hamaca en una especie de tabla de gimnasia que acababa fatal porque me mondaba de risa. Por darme gusto, repetía los pasos del baile docenas de veces y acababa tirado por el piso de puro agotamiento. Al final entre los brincos, el bochorno de la hora y el runrún de la acunadera de mi hamaca, el que se quedaba profundamente dormido era él.

Lo que acabo de relatar no era nada comparado con nuestro divertimento favorito, que tenía lugar cuando mi muleque jugaba a imaginar que ya éramos grandes y por tanto él detentaba el puesto de calesero de la casa. Todo ufano, plantaba el banco a mis pies y me ayudaba a subir al quitrín con ceremonia y formalidad. Se pegaba la fatiga de colocarme bien sentadita en el pesebrón del coche, perfectamente instalada entre dos cojines azules con las iniciales de la familia bordadas en plata, mis pies descansando cómodamente sobre una banqueta que, a modo de escabel, disponía él mismo. Muy orgulloso, fingía conducir montando al paso nuestro caballo. Y chiflaba, como su padre, simulando con la boca el ruido del trote y el traqueteo del coche. Como si no hubiese hecho otra cosa en su vida, sostenía con elegancia los arreos plagados de adornos mientras me explicaba las reglas de un juego que yo debía respetar: el muleque aconsejaba a su dueña sujetarse bien a las argollas de marfil de las puertas pues las calles de La Habana estaban hechas una desgracia, abarrotaditas de baches, agujeros y desniveles, eso por no hablar de los muchos carruajes mal guiados. Sí, mal guiados, había que decirlo, por caleseros de poca monta, no como el de la casa de la Niña, sino de otros que, por no saber, cruzan las bestias en los pasajes sin atender chiflidos ni compartir los educados gestos de los cocheros de familias principales. 

— No te sientas intranquila, que ya Ulises guía suave. No se vaya a inquietar la Niña con taaanto vaivén. 

Siempre respetando la debida distancia de un doméstico con su amita, proseguía el fingido paseo y se explayaba en explicaciones sobre los lugares que transitábamos. Unas veces insinuaba que no mirase acá o allá pues la persona que íbamos a cruzar no era digna de mi cortesía, otras pronunciaba, de forma discreta y con la antelación suficiente para que yo preparase el saludo, “Gurriarán”, “Fernandina”, “Santovenia”, “Montesdeoca”, que se suponía eran los apellidos de los que paseaban por la calle, indicándome a quien debía corresponder con una mayor o menor inclinación de cabeza y, lo más importante, si la presencia de algún conocido iba a exigir de mi persona una ligera sonrisa, un insignificante movimiento de abanico o un saludo afectuoso.

Así y no de otro modo transcurrían nuestras tardes. Mi muleque, obligada presencia en mi infancia, era el compañero fiel y mi indispensable acompañamiento para salir a la calle. Porque mientras los muleques de otros niños se limitaban a ser negros chicos que seguían a sus traviesos amitos y, al cumplir los diez años, se convertían en pajes, escoltas o simplemente criados mandaderos, mi relación con Ulises Horacio adoptó desde el principio un cariz bien diferente; mi muleque fue primero un reverente y protector camarada de juegos, luego inseparable compañero de aprendizajes y más adelante un sobresaliente mozo de confianza, guardaespaldas riguroso y responsable de asistirme personalmente. Y es que Ulises ha sido, es y será mi confidente y mi mejor amigo.

A poco de yo cumplir los nueve años mi padre, que desde siempre fue socio del Liceo Artístico y Literario de La Habana y había sido excelente amigo de uno de sus fundadores, el periodista catalán Ramón Pintó, se empeñó en anotarme como hija de asociado para que yo asistiese a las actividades. El Liceo tenía como finalidad el fomento de la cultura, las letras y las bellas artes, y en sus cátedras colaboraban intelectuales, políticos influyentes y filántropos de la talla de José Morales Lemus, Rafael María Mendive, José de Imaz o Antonio Bachiller y Morales. Ofrecía cursos impartidos por los excelentes profesores como el pintor Federico Mialhe, que era director de la Academia de Bellas Artes, o el patólogo Julio Jacinto Le Riverand y organizaba entretenimientos culturales, conciertos, recitales de poesía, muestras de pintura, bailes… además concedía becas para estudios gratuitos a más de doscientos alumnos de familias blancas de buenas costumbres pero con escasos recursos. 

El Liceo tenía arrendada, en la calle Mercaderes, la parte noble de su palacio al marqués de Arcos y los cuartos altos a los señores Meert. Durante años asistí puntualmente a sus aulas porque como Mercaderes dista poco de Amargura, Ulises y yo teníamos permiso para ir a pie acompañados por Napoleón, pero la vuelta la hacíamos solos, gran aliciente para no faltar ni un día ya que caminar por la ciudad nos hacía sentir más que mayores. 

Cuando yo ingresé, el director era José Ramón Betancourt, escritor muy conocido; desde el primer día me encantaron sus clases y pronto me hice asidua en las actividades literarias, por eso me elegían para entregar ramos en coronaciones de poetas, juegos florales y obritas de teatro. Además, en cuanto los profesores supieron que me gustaba componer poemas elegíacos, propusieron mis versos para El Liceo de La Habana, publicación mezcla de gaceta y revistilla que admitía trabajos literarios de alumnos y asociados. 

Respecto a las materias, aconsejada por mi señor padre, optamos por las que él consideró más adecuadas para una señorita de mi condición, es decir, historia de la literatura, que me apasionaba, latín y canto, porque él me lo exigió, y dibujo paisajístico y declamación por capricho mío. 

Ulises, al contrario de otros muleques que desaprovechaban las horas jugando o dormitando a la sombra, me llevaba y permanecía en el exterior, a pie de muro, por lo que se entretenía escuchando el discurso de los profesores a través de las ventanas que, por el fuerte calor, solían estar de par en par. Siempre hacíamos parejo, yo entraba y él me esperaba fuera, pegado a la reja. Hasta una mañana que cayó en la cuenta de que si se colocaba en un lugar exacto, estratégicamente en ángulo con la puerta del aula de dibujo artístico, alcanzaba a ver y escuchar al mismo tiempo, es decir, prácticamente podía seguir la lección desde el patio, sentado en el suelo. Y eso fue lo que estuvo haciendo; sin que nadie se percatase y sin yo tener conocimiento, durante meses asistió desde el exterior a los cursos de dibujo de los mayores. 

Pero Dios sabe que todo llega a saberse en este mundo y la tarde que me preguntó, como de pasada, dónde él podría agenciarse “unos buenos crayones de color y algo de papel económico” yo descubrí su secreto. Y cuando inquirí para qué precisaba tales artículos, respondió todo intimidado:

— É un queré desí, Niña, que no me vendrían mal pa vé de dibujá algun cuadro.

— ¿Un cuadro? Pero… ¿tú sabes pintar?

— Algo empiesa a sabé el muleque… poquito, nomás.

Le pedí que me mostrase sus dibujos y al rato se presentó en la saleta con los brazos llenos. Traía un montón de bocetos hechos con carbón de cocina sobre pedazos de cartuchos de bodega que iba recolectando. Me asombró tanto la calidad de sus dibujos que corrí a decírselo a mi padre: ¡Ulises dibujaba de maravilla! Sus apuntes eran magníficos, de verdad, excelentes. Sería una pena no favorecerle para que pudiese desarrollar tan admirable capacidad. Mi emocionada insistencia debió resultar convincente, porque el caballero prometió resolver. Y resolvió, logrando que los profesores hiciesen la vista gorda ante la presencia de Ulises. 

Así fue como mi muleque asistió, de oyente, a las clases de dibujo y pintura en el Liceo Artístico y Literario de La Habana, desde el patio por supuesto, dado que el acceso estaba vetado a los de color. Por desgracia solo pudo aprovechar un curso, el último que funcionaron las aulas, porque en octubre del sesenta y ocho Carlos Manuel de Céspedes liberó la negrada de su ingenio en La Demajagua y, al grito de “¡Unidad, libertad, justicia e igualdad: blancos y negros, libres y esclavos!”, proclamó nuestra independencia y se alzó en armas contra España. 

Había estallado la Guerra Grande, que se iba a prolongar diez largos años. Y aunque en La Habana, gracias a Dios, no se sentía directamente la contienda porque la causa se peleaba en Oriente, criollos y españoles vivíamos en estado de perpetua confrontación. Las autoridades coloniales se pusieron bravas, prohibieron todas las reuniones culturales en la isla y las puertas de nuestro querido Liceo se cerraron, a la fuerza y para siempre.


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