lunes, 8 de febrero de 2016

MIGUEL MERINO RIVAS NOS RESEÑA SU NOVELA: EL ENVIADO DE CRONOS. PUERTA A LA HÉLADE.

Todos los escritores, al finalizar una novela, deseamos ser el centro de atención. Anhelamos las opiniones rápidas de los lectores y la reseña positiva de los críticos que impulsen nuestra obra a ser leída por todos. Pero esto no siempre sucede. ¿Alguien se ha preguntado qué siente el novelista al finalizar su obra? ¿Cómo definiría su trabajo una vez publicado?

Este cuestionario pretende transmitir la visión del escritor. Le preguntaremos sobre su novela y le daremos la oportunidad de promocionarla y hacerse autocrítica. En definitiva, será su manera de convencernos para que leamos su novela.

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… MIGUEL MERINO RIVAS

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores. 

Me llamo Miguel Merino Rivas y nací en Granada en 1968. Terminé mis estudios de Arquitectura Técnica en 1993. De mi trayectoria profesional podría decir que he colaborado con varios estudios de arquitectura y empresas constructoras, repartidas por toda la geografía andaluza, desarrollando proyectos de diversa envergadura de los que destaco algunos edificios singulares. Actualmente estoy colaborando con un estudio de Madrid en la construcción de un hospital en Granada. Soy un apasionado de la historia antigua y ferviente admirador de los grandes estadistas clásicos, a la vez que me considero un aprendiz de arqueólogo, profesión a la que admiro desde la distancia. Fotógrafo amateur, he publicado varios libros de fotografía, entre ellos “Thefractaliustecnique”, “Un año contigo, a tu lado” y “Lo que hay es lo que ves”. En 2011 comienzo mi andadura en las letras quedando finalista en varios certámenes de relato corto con títulos como “El ingenio Pickard”, “El portador de luz” o “La risa de Tut”. También destaco entre mis obras “Cartas desde el alma”, “El Appaloosa Club”, “El ocaso Nazarí” y “Única y espacial”, además de una amplia colección de microrrelatos. 


2) ¿Cómo se llama tu nueva novela? 

Mi novela se titula, “El enviado de Cronos. Puerta a la Hélade” Es el primer volumen de una trilogía enmarcada en el mundo clásico griego. Le seguirán “Puerta a Persia” y “Puerta a la India”. 

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella. 

En el año 2027 el laboratorio experimental de partículas CERN con sede en Ginebra, consigue crear una puerta dimensional capaz de interactuar en el espacio-tiempo. El protagonista de la novela es el elegido para viajar al pasado, concretamente al año 338 a.C. e investigar todo lo concerniente a la vida de Alejandro Magno, su subida al trono en Grecia, sus conquistas en Persia y la India y su muerte, aunque el fin último de tamaña expedición es saber donde será enterrado el macedonio, pues junto con el Santo Grial, la Atlántida y el Arca de la Alianza, la tumba de Alejandro es uno de los misterios pendientes por resolver por la arqueología moderna.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas. 

Se ha publicado en ambos soportes con la editorial “Esdrújula Ediciones”, con sede en Granada, a la que siempre agradeceré la confianza que ha puesto en mí y en mi novela. (www.esdrujula.es)

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido. 

Mi novela está repleta de personajes apasionantes, algunos ficticios y otros no. Reconozco que hay dos que sobresalen del resto. Uno de ellos es Alcibíades, arqueólogo de profesión y especialista en el mundo antiguo. Es joven e intrépido. Está obsesionado con hallar algún indicio sobre el paradero de la tumba de Alejandro Magno y no cejará en su empeño hasta encontrarlo. Algunos familiares y amigos han querido ver en Alcibíades a mí mismo, lo cual no deja de sorprenderme y a la vez halagarme. El otro personaje que destacaría es ni más ni menos que Alejandro, el cual no necesita presentación pues todos sabemos en mayor o menor medida de sus logros.

6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia? 

Me gusta la historia y me apasiona la arqueología. ¿Por qué no fundir ambas ciencias utilizando como vehículo una novela? Considero que la culpa de todo la tiene mi hijo, al cual he tratado de dar respuesta con mi libro a todas las cuestiones que me ha ido planteando durante años sobre la vida de Alejandro Magno. El me inspiró en la idea de viajar en el tiempo, insertando a un personaje de nuestro presente en aquellos tumultuosos años.


7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla? 

Efectivamente es una tarea ardua. Es un trabajo de meses de estudio. Mis novelas preferidas son aquellas que además de entretenerme me aportan saber, que son capaces de enseñarme algo. Esto mismo he tratado de hacer con “El enviado de Cronos”. He procurado que sea entretenida para al lector y a la vez didáctica. Para ello la documentación rigurosa es crucial. Con los medios que disponemos en la actualidad, como internet, foros, prensa, etc., se pueden hacer grandes cosas, pero también se pueden cometer grandes meteduras de pata. Por ello es crucial una buena documentación y un correcto cotejado de datos. En realidad, todo ello te lleva más tiempo que la escritura de la novela en sí.

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación? 

Sin duda, el conocer de forma más directa a decenas de personajes de la época. Me ha encantado saber de Filipo II, Aristóteles, Olimpia de Epiro, Demóstenes o Diógenes, por poner algunos ejemplos, a los que he tenido que dotar de diálogos creíbles e insertarlos de forma coherente dentro de la novela siendo lo más respetuoso posible con las costumbres y sociedad de entonces. Por otro lado, no deja de ser apasionante el saber de todas esas hipótesis sobre los viajes en el tiempo, sus bases científicas y las teorías en las que se basan.

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída? 

El viaje en el tiempo es un recurso muy atractivo para cualquier lector. Si además a éste le gusta la historia, la acción y quiere saber sobre la repercusión helena en tierras de Asia y todo lo que aquellos hechos históricos trajeron consigo, ésta es su novela sin duda.

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

Por supuesto…

BABILONIA, PRIMAVERA DE 323 A.C. 

«Vivir con la gloria o morir con ella es el destino del valiente.» 

SÓFOCLES

…Una mañana, al despertar, el rey ordenó a los superiores de la tropa, aquellos macedonios y griegos pertenecientes a la nobleza más distinguida, que se reunieran en el patio central y fuera llevado ante ellos para darles las últimas consignas. Mientras, los de menor rango tuvimos que esperar en el exterior tras las gigantescas puertas de madera maciza de cedro de Líbano. Gritamos y golpeamos las hojas con insistentes aldabonazos y pedimos a voces a nuestros compañeros que nos dejaran entrar en el palacio. Queríamos verle pues nos temí- amos lo peor. Fue Tolomeo el que bajó por la inmensa escalinata y nos rogó que guardásemos silencio mientras ordenaba a los centinelas abrir aquellas pesadas puertas para dejarnos pasar y ver a nuestro rey postrado en su lecho, extinguiéndose y tiritando como esa nieve desvalida cuando se acerca el verano. Una vez que entramos con el más absoluto de los respetos, Alejandro nos saludó a cada uno de nosotros con sus extraños ojos y una débil sonrisa ya que para entonces había perdido la voz. Quizá podía emitir un débil susurro, pues momentos después, con un hilo de vida, pidió que su cuerpo fuera trasladado a la bella Alejandría y ofrecido al Dios Amón. Muchos de nosotros nos arrojamos al suelo entre sollozos. Nosotros que fuimos sus compañeros de mil aventuras, los hombres de hierro que habían domado grandes ríos como el Nilo, el Tigris, el Éufrates y el Indo. Valerosos hombres en el campo de batalla, derrotados al ver a su amado rey consumido por una vil enfermedad. Por primera vez en mi vida pude ver al más grande claudicar e hincar la rodilla. Más tarde pidió a su ayudante de cámara que le quitase el anillo de regente. Este se arrodilló junto a él e hizo lo que se le ordenó. Un silencio espeso se cernió sobre todos, recorriendo cada rincón de nuestra alma. Vi a la muerte, una vez más, erguida en su famélica montura, vestida con sus apestosos harapos, paseando entre todos nosotros sin dejar de sonreír, señalando y haciéndome ver quien debía acompañarle ese aciago día. El anillo entonces fue depositado suavemente en la palma de su mano. Lo apretó con fuerza y paseó su mirada entre todos sus fieles generales, sus inseparables compañeros, hasta que encontró a Pérdicas, su comandante de caballería y guardaespaldas personal de mayor confianza. Le tendió el brazo tembloroso y aquel se postró y le besó la mano, sin conseguir articular palabra. El rey dibujó una fugaz sonrisa en sus labios y, asiendo el dedo anular de su derecha, le colocó el anillo de regente entre sacudidas incontrolables de su ya débil cuerpo. El resto de compañeros se abalanzaron al instante sobre él y le preguntaron atropelladamente: 

—¿A quién pretendes legar el imperio, oh Alejandro? —dijo Crátero finalmente. Y él, después de una larga pausa, haciendo un enorme esfuerzo, abrió sus ojos, suspiró y respondió con un exánime susurro: 

—Al más digno…9 —respiró entonces un par de veces y tomó fuerzas para despedirse— Ya me imagino… lo ostentoso que será el funeral en mi honor... Finalmente Pérdicas le preguntó cuándo quería que se le ofrecieran los honores divinos y él contestó: —Solo… cuando seáis felices… tras lo cual expiró lanzando un largo suspiro. Estas fueron las últimas palabras del más grande entre todos los hombres de la tierra. Las últimas palabras de un rey, de una gran persona, de un dios. En ese momento, todos los hetairoi nos arrodillamos como uno solo, muchos sollozaban, otros se habían quedado sin habla y algunos salían de la estancia lanzando grandes alaridos reverberados por cada rincón de aquellas suntuosas salas de palacio. La mayoría apenas podíamos creernos lo sucedido y yo, de pie, compungido y desde un rincón, observaba incrédulo e impotente cómo la persona que más había admirado y querido en toda mi vida fallecía sin remedio. Solo el llanto desesperado de Roxana, arrodillada junto a su lecho, nos hacía volver con toda crueldad a la más atroz de las realidades. Con ambas manos se sujetaba el vientre mientras todo su cuerpo se sacudía, presa de grandes espasmos mezclados de un dolor inconsolable. Luego supimos que decidió vivir solamente por la criatura que llevaba en sus entrañas, por tener algo de aquel a quien tanto amaba, el hijo de Alejandro, el verdadero y legítimo heredero del trono. A los dos días encontraron a Leptina, su amante, desnuda con las muñecas abiertas sobre su lecho, desangrada, pálida como un día nuboso de nuestro invierno en Pella. Sisigambis, la reina madre, se dejó morir de inanición sentada de cara a la pared pues su vida ya carecía de sentido. Al año siguiente, Alejandro el Grande fue conducido en un majestuoso catafalco hacia la tierra de los faraones, donde quiso descansar para la eternidad, y me correspondió a mí entre otros el honor de acompañarlo, escoltándolo fielmente, como siempre había sido.

VERGINA, ANTIGUA EGAS, NORTE DE GRECIA, 29 DE OCTUBRE DE 2027 

«Hijo, búscate un reino que se iguale a tu grandeza, porque Macedonia es pequeña para ti.» 

FILIPO II

…-—Pues bien, díganme qué se les ofrece. Alcibíades tomó asiento con la esperanza de que aquella improvisada reunión terminase lo antes posible. 

—Mi nombre es Marie Girard y este es mi colega, el señor Bettega, Paolo Bettega. Dirigimos un proyecto de gran trascendencia y envergadura en el CERN o, lo que es lo mismo, en la Organización Europea de Investigación Nuclear. ¿Ha oído hablar del CERN, señor Vidal? —preguntó la mujer tras dar un largo sorbo a su café. 

—Claro que sí. No soy un experto en la materia pero estoy más o menos al corriente de qué se ocupa. 

—Mis colegas me reprochan que sea una persona demasiado directa y creo que, debido a las actuales circunstancias, su tiempo y el nuestro son de un incalculable valor, así que, si me lo permite, voy a ir al grano. 

—No sabe usted cuánto se lo agradezco, pero por favor llámeme Al. 

—De acuerdo, Al. Sabemos que usted es una eminencia en su profesión. O, si me lo permite, creemos, y no solo nosotros, que es la persona con mayores conocimientos sobre el mundo clásico. 

—Bueno, yo no diría tanto… Se hace lo que se puede. Reconozco que estoy entre los mejores pero no deben olvidar al profesor Steve Pope ni a Mario Schillaci, y no hablemos de Laura Singlenton que, a mi modesto entender, está unos escalones por encima de todos nosotros. 

—Ya, eso es cierto. En realidad somos conscientes de lo que nos dice pero independientemente de su magnífica trayectoria como arqueólogo, sabemos que se doctoró en Princeton con el máximo reconocimiento. Sabemos que sus descubrimientos han sido de lo mejor que se ha hecho en este último quinquenio. Conferencias por todo el planeta lo avalan, al igual que la gran cantidad de libros y artículos en revistas especializadas que ha publicado, todos referentes a la época clásica, tanto griega como romana. Y, para nuestro asombro, a pesar de su juventud. 

—Le agradezco enormemente los halagos pero no sé a dónde quiere llegar... Si se trata de financiar alguna excavación, los fondos serán recibidos como el agua de lluvia —miró hacia el cielo y sonrió. 

—Bueno, no va mal encaminado, Al —le contestó Marie—. Está bien, venimos a proponerle algo. Alcibíades sonrió encantado. Después de todo, parecía que el día había dado un vuelco a pesar de su mal comienzo. 

—Dígame. Soy todo oídos. 

—Estamos muy interesados en que nos ayude a encontrar la tumba de Alejandro Magno. Alcibíades dio un respingo. Por un momento creyó que estaba soñando. Dejó su taza de café sobre la mesa, cuidando de no derramarlo por el temblor de su mano, y echó su cuerpo hacia delante. Con la mirada perdida y la boca abierta, totalmente estupefacto, parecía haber entrado en una especie de trance. Pasados unos instantes de total silencio, balbuceó señalando a sus interlocutores. 

—¿Quieren… encontrar… la tumba… de Alejandro? 

—Así es. 

—¿Me están hablando en serio? ¿Son conscientes que eso es casi imposible? 

—Bueno, eso tendrá que decírnoslo usted si acepta nuestra propuesta. Alcibíades no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Se preguntó si no sería una broma de mal gusto y si, de un momento a otro, no iba a aparecer tras las cortinas un tipo muy sonriente con una cámara y un micrófono para hacerle una entrevista televisiva, como en esos infames concursos tan apreciados por el vulgo. Incrédulo, se levantó y comenzó a ir y venir por la estancia mesándose los cabellos con ambas manos. 

—¿No me estarán tomando el pelo? 

—En absoluto, señor Vidal —esta vez fue Paolo Bettega el que habló. —No recuerdo haber hablado más en serio en toda mi vida. Marie Girard se levantó de su asiento, apuró su café y sonrió. Sacó de su bolso una tarjeta en la que hizo unas rápidas anotaciones y la dejó sobre la mesa. Sabedora de que la situación había cambiado y que había tomado las riendas de la conversación, continuó tomando de forma rápida y concisa una serie de disposiciones similares a las órdenes que trasmitía a su equipo en el mismo CERN. —Aquí tiene un teléfono de contacto y la dirección de un hotel en Ginebra. Le cito dentro de dos días, Alcibíades Vidal, concretamente el próximo lunes a las siete de la tarde en la cafetería del mismo hotel para informarle debidamente de todo el proyecto. No se retrase pues solamente le esperaré diez minutos. Pasado ese tiempo, si no ha llegado daré por hecho que no le interesa trabajar con nosotros. Hasta aquí puedo hablar. Esperamos no haberle molestado y mucho menos haberle hecho perder el tiempo. Lo dejamos con su reciente descubrimiento y deseamos que sea algo importante. Muchas gracias y buenas tardes, señor Vidal. La profesora y su homólogo estrecharon fuertemente la mano al joven arqueólogo, que apenas pudo articular alguna palabra de despedida. Justo antes de desaparecer tras la lona, Alcibíades se revolvió y por fin pudo hablar. 

—¡Profesora Girard! ¿Puedo hacerle una última pregunta? —esta se volvió, deseosa de contestar lo que ya sabía y, sonriendo, conminó al arqueólogo a hablar. 

—Por supuesto que sí. 

—Hay arqueólogos de prestigio por todo el mundo, mucho mejor preparados que yo. Con una más que contrastada experiencia, llevan buscando a Alejandro prácticamente toda la vida y en sus bibliotecas no verá más libros que los habituales sobre el tema. ¿Entonces, por qué me han elegido a mí? Marie Girard suspiró lentamente, sonrió y, encogiéndose de hombros, le contestó resuelta y confiada: 

—Porque para nosotros usted es el mejor, es inteligente, intrépido y además joven, no como sus colegas. ¡Ah, la juventud, divino tesoro! -Dicho esto, se dirigió al coche que la llevaría de vuelta a la civilización. Alcibíades vio cómo los dos potentes automóviles arrancaban entre salpicones de barro. En su mano sostenía la tarjeta y no dejaba de pensar. De repente apareció Bernardo tras los pesados cortinajes. 

—Patrón rápido, tiene que ver esto. Creo ciertamente que nuestra suerte ha cambiado. Alcibíades se encaminó presto tras los pasos de su colega. Al entrar en el laboratorio, vio el ánfora protegida por una gran campana de policarbonato trasparente sobre una mesa de grandes dimensiones. Se hallaba en perfecto estado de conservación, sin aparente corrosión profunda y acababa de ser limpiada superficialmente. El recipiente medía unos ciento veinte centímetros de altura por un metro en su parte más ancha. tanto la base como la boca se estrechaban ligeramente. Estaba tapada por una gruesa lámina de plomo tosca y mal rematada, sin ningún tipo de inscripción o dibujo que delatara nada de su interior. Pero lo que más llamaba la atención era su aspecto sencillo, aunque en sus laterales se podía distinguir la famosa estrella Argéada. Alcibíades creyó por un momento estar soñando. Sin duda se trataba de un descubrimiento relevante. Por su sencillez sabía que no contenía los restos de un personaje de importancia, pero aquello le producía cierta inquietud. 

—¡Una estrella Argéada, símbolo de la realeza Macedonia! —dijo, presa de un gran nerviosismo. —¿Cuántas puntas tiene? ¡Por Dios, que alguien me diga cuántas puntas tiene! 

—¡Dieciséis, profesor! —exclamó una voz femenina desde el fondo— ¡Es sin duda un hermoso Sol de Vergina!

—¡Qué demonios! Al llegar a la altura de la urna se detuvo para observarla detenidamente. Comenzó a rodearla muy lentamente, como un tigre a su presa, estudiando el momento de actuar mientras su cerebro procesaba toda la información que podía captar. El paso del tiempo y la humedad le daban un aspecto azul verdoso y se veía que necesitaba un largo proceso de limpieza. Su decoración rayaba el minimalismo, lo que no dejaba de ser una sorpresa tratándose de un enterramiento real, como todos los indicios apuntaban. Una diminuta guirnalda decoraba el borde de la boca, rematada esta por la lámina de plomo. —¿Cuánto pesa? —preguntó el arqueólogo sin apartar la mirada del recipiente. 

—Calculo que unos trescientos kilos. 

—¿Tanto? Esto no me cuadra… —musitó mirando a Bernardo con aire desconfiado— Demasiado peso… —Ten en cuenta que es de bronce, Al —apuntó él. 

—Lo sé, pero a pesar de ello es extraño. Una urna tan grande, con la estrella Argéada, símbolo de la realeza grabada en la panza, de bronce y luego esa tosca tapa de plomo a modo de cierre… Parece como si el enterramiento se hubiese hecho con prisa o por alguien poco ducho en estos menesteres. A ningún miembro de la realeza, por muy humilde que fuera, se le enterraría así. Sinceramente, Bernardo, no lo comprendo. 

—¿Cuándo tienes pensado abrirla? —preguntó el capataz. 

—Dentro de unos días. Mañana mismo salgo de viaje a Ginebra. Vosotros seguid trabajando hasta nuevo aviso. Quiero que te encargues personalmente de la limpieza, recogida de datos, catalogación, fotografía y dibujos de todo lo que rodea el nuevo descubrimiento. Quiero que las condiciones de luz y humedad sean las idóneas hasta que las autoridades griegas se hagan cargo del hallazgo. No quiero descuido ni fallo alguno. Y quiero vigilancia in situ las veinticuatro horas del día. ¿Lo has entendido? A mi regreso abriremos la urna. 

—Sí, patrón, como usted diga, pero… ¿cuándo volverá? 

—Tres o cuatro días a lo sumo. Creo que la suerte nos sonríe por fin, querido Bernardo.





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