domingo, 14 de febrero de 2016

VISTA PANORAMICA DESDE LA CATEDRAL



En torno a 1885.

No tenía motivo alguno la ciudad que apuraba a penas la última quincena del siglo XIX para lamentarse de que la fotografía no la abrazase aún desde una altura tan elevada como lo harían, en el inminente siglo, los primeros vuelos a motor. Para un efecto visual parecido, mucho más castizo y acomodado a los medios tradicionales, contaba por entonces, como hoy en día, con uno de los flancos de la torre de su catedral que, sin aparecer, cedía de todo el aparato de su mole cúbica solamente un ingrávido punto de mira para presentarnos, verídica y serenamente desplegada, la cara que, tal cual, presentaba Granada por aquellos años a los ojos de quienes podían vivirla y verla impresa sobre el fondo de su acuoso cristalino. Y, como un feliz remedo de este proceso natural de la visión humana, antes de que llegaran las maravillas de la aeronáutica a espantar esta plácida quietud provinciana, precisamente sobre la superficie de un frágil cristal de siete por siete centímetros, la firma parisina J. Lévy y Cía. plasmaba con una nitidez, pureza y claridad casi naturales la obsequiosa vista de este inopinado mirador a través de un límpido filtro que, trocándolo por otro soporte más consistente y opaco, nos hubiera mostrado sucio, ajado y maltratado el motivo tan realista de esta luminosa instantánea. Así que no huelga en el caso presente guardar esta consideración hacia lo que, por puro evidente, parece que no lo fuera, cuando, además de reconocer y agradecer esta diáfana claridad de los cristales, una somera alusión a la propia técnica fotográfica nos permite datar la edición de ejemplares como éste, entre los años 1872 y 1895, periodo en que desarrolló su actividad comercial la sociedad denominada bajo la rúbrica de Isaac George Lévy. De de las cuatro secciones a las que obligaría cada una de las caras de la torre donde apostó su trípode el equipo de desconocidos fotógrafos franceses, ésta, aun dejando a la ciudad huérfana de su más conocida enseña, la muestra con el acabalado desarreglo de los edificios menudos y prietos, bien estibados entre los de mayor y recta envergadura, como monasterios y conventos, únicos con licencia y privilegio de sobrepasar y culminar por lo alto su recia y firme fábrica con el exorno de cúpulas, pináculos, alguna linterna y, por entonces, desmochadas ya sin remisión las torres tras las desamortizaciones, las muy modestas y seráficas espadañas. A contrapunto de este profuso y abigarrado caserío, urdimbre aparentemente intacta heredada de otra época, la lisura y el terso relieve de la Sierra dejan con la suntuosidad de un manto plegado el fondo desnudo y sobrio de la Naturaleza que también adelanta en un entrepaño del decorado los tupidos cultivos y crecidas arboledas que acaparan las alturas más próximas a Granada y todo el seno del valle del Genil. Pero para perdernos y asomarnos desde esta altura de la catedral a lo que más atrapa y merece una mirada más detenida, tenemos en primer término los aledaños de la que primero sería calle de Méndez Núñez y, después y definitivamente, calle Reyes Católicos, muy perfilada en su parte trasera, con buena parte de la feligresía de San Matías, esquinada y expuesta a la indiscreta vista de sus recoletas huertas, patios y patinillos, hasta el barrio del Realejo, a una distancia respetuosa, que lo hace más señero y presentable alrededor del inhóspito monasterio de Santa Cruz, hoy sede de su extinta parroquia. Como hemos visto en otras imágenes que, como ésta, no engañan ni permiten una vaga sugestión de lo que nos puedan decir idealmente aquellos años entorno a 1885, el mayor deleite estriba en lo que ni siquiera imagináramos como propio de una ciudad: la sobriedad de las fachadas blanqueadas y las cubiertas de tejas que, sin otro aliño foráneo y en una promiscuidad lujuriante, nos presenta el centro urbano en un pellejo viejo, casi pueblerino, pero en modo alguno caduco sino bien enjalbegado y aseado. Desde luego que ninguno de estos últimos adjetivos suponen desdoro alguno cuando en una demostración tan palpable y directa como esta nos damos de bruces con lo que fue en cuerpo y alma pasajera el encanto de nuestra ciudad tal y como llegó a ser captado por la cámara. Anterior a la época en que otros conceptos urbanísticos y formas de construir irrumpieron y mermaron, descabalándolo, este aire inconsútil de lo provinciano y el adecentamiento antiguos, no nos decepciona lo que vemos con los mismos ojos que lo verían nuestros antepasados. En 1885, el año negro de recientes inundaciones en el Darro, con la secuela de una terrible epidemia de cólera morbo, los recuerdos recientes de los terremotos acaecidos en las últimas navidades, las noticias en sordina de la muerte prematura del rey, enfermo tuberculoso que vería convaleciente esa misma luz lánguida y otoñal desde uno de los cármenes de don Julio Quesada, no desacuerdan con el sino de una ciudad a donde llegaría todo amortiguado por la angostura de sus callejas y la quietud de esos patios. En reuniones y tenidas, como las que nos llegan a través de las páginas de diarios y obras de más fuste, bramarían como un mar de fondo las amenazas para imponer un fin a esta época de letargo. Pero como dichosamente se encabalgan en una misma edad diferentes y contradictorias sensibilidades tenemos para nuestra elección la que más guste de cada una de ellas y el pasado, como vemos en esta fotografía, se arrastraba aún muy lento por nuestra apartada y silenciosa ciudad.

Dídimo Ferrer



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