lunes, 11 de abril de 2016

LOS VERSOS EN EL ESPEJO DE LA HISTORIA: K. P. KAVAFIS

Un artículo de Carlos Martínez Carrasco, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Granada y del Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas.


Uno de los grandes poetas de la Grecia moderna, compartiendo escenario con Elytis y Seferis, no nació en la península, en Europa. Konstantinos Petros Kavafis (m. 1933) pertenecía a la diáspora, a la que los griegos se refieren como la homogeneia. Era un egiptiota, un griego nacido en la capital del helenismo, en la Alejandría todavía mestiza que miraba al Mediterráneo, consciente de ser un cruce de caminos entre tres continentes que se dan la mano en el Delta de Nilo, sin entender de diferencias religiosas o políticas, sólo arropados por el manto común de la cultura. Aún no habían llegado los tiempos del nacionalismo que todo lo simplifica.



No es Kavafis sólo un poeta lírico, que canta a un yo poético, y ahí quedan para atestiguarlo poemas capaces de conmover a personas de diferentes generaciones y orientaciones sexuales –es conocido el carácter homoerótico de muchas de sus composiciones–. La calidad de Recuerda, cuerpo..., Ojos azules o Grises está fuera de toda duda. Junto a ellos, hay otros que tienen como materia prima la Historia, que sirve como un espejo en el que ver reflejada la propia realidad, la del poeta y la de los lectores de cualquier época. El uso de la Historia como tema poético es una característica que Kavafis comparte con otros muchos poetas griegos, incluso de la actualidad. Es soberbio el poema que Dimitris Aggelis dedica a la caída del Muro de Berlín y el hundimiento del bloque comunista, que se puede leer en castellano gracias a una granadina, Virgina López Recio.

En sus poemas históricos, el alejandrino buscaba retratar el mundo híbrido que dejó tras de sí Alejandro Magno, a medio camino entre Oriente y Occidente, que en parte hereda Roma, pero que se dan la mano en el Imperio bizantino, donde Asia y Europa entablan una relación a veces difícil pero siempre fructífera. Bebe de la Historia, pero también bebe del mito, del paganismo que se tambalea frente al cristianismo.

Todo podría empezar y terminar con Ítaca.

A pesar de ser el mismo mar, el Mare Nostrum de los romanos, se ve de manera diferente al Egeo del mar que baña nuestras costas. Sentado en una playa cualquiera del Ática entendí aquello del « vinoso ponto » que cantaba Homero, aunque quizás se debiera a una simple sugestión de quien viaja acompañado de lecturas. Y sin embargo, no eran sólo los versos del aedo ciego los que se me venían a la memoria. Recordaba sobre todo a Kavafis. Yo también era un Ulises cualquiera con mis ítacas particulares, albergando a mis propios lestrigones, cíclopes y poseidones con los que batallar. La búsqueda constante de algo de sabiduría, de un puerto seguro al que arribar después de una larga y azarosa travesía, antes de emprender el viaje de nuevo, tal vez el postrero al que cantaba ese otro caminante ligero de equipaje que era Machado, supone el mejor resumen de lo que fuimos, de lo que somos. Una metáfora de los siglos de Historia, de los pueblos que pasaron y se rindieron por ese mar que sigue contemplándonos como un testigo mudo.

Las ruinas, antiguas y contemporáneas que acechan en las ciudades recuerdan que siempre hemos esperado a los bárbaros que no llegan nunca, pero justifican nuestra inacción. Impacta la imagen de nuestros próceres sentados en el ágora, vestidos con sus mejores galas y recubiertos con toda la parafernalia de su cargo para amortiguar su fracaso, revistiéndose con un falso aire de superioridad para impresionar a quienes no ven más que como un puñado de extranjeros ignorantes. Tras todo el oropel, el dorado y la púrpura –¿nuestra burbuja de comodidad?– no hay nada, tan sólo el vacío. Un decorado que se mantiene en pie porque existe un público al que apabullar, al que dar una falsa sensación; un enemigo imaginario que sirve para que nada se derrumbe, para que nada cambie.

Hay en la poesía de Kavafis un tono elegíaco, como de fin de ciclo. Es el trasfondo de El dios abandona a Antonio, en el que se mete en la piel del general derrotado en Accio. Pero realmente, la protagonista es la ciudad de Alejandría de la que se tiene que despedir Antonio. Supone un ejercicio de estoicismo que exige afrontar con entereza los reveses, sin lamentarse por las ocasiones perdidas ni dejarse engañar por espejismos. Una entereza cuyo reflejo está presente en Teófilo Paleólogo, recreando de manera sutil los últimos instantes del Imperio bizantino, antes de la caída en manos otomanas. Es un poema en el que Kavafis describe una atmósfera angustiosa, desesperada, sin caer en el patetismo ridículo del historicismo más ramplón. «Quiero morir antes que vivir» se convierte en el epitafio no sólo del héroe bizantino sino del mundo al que pertenece. No ahorra críticas a la sed de poder de personajes como Ana Comneno o Juan Cantacuzeno, como tampoco oculta la pobreza que palidece al lado de la dignidad de los emperadores. Y cuestiones que creemos sólo afectan a nuestro tiempo, como las quejas por los excesos del poder, ya están presentes en los versos del poeta alejandrino.

La Historia, en Kavafis, adquiere una dimensión diferente. Al contrario de lo que pueda suceder con una narración en prosa, se dota de una sensibilidad nueva. Se hace un poco más humana, al apelar a la experiencia particular. Merece la pena detenerse en sus versos, cerrar los ojos e imaginar las lágrimas vertidas por los caballos de Aquiles, capaces de conmover a Zeus.




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