miércoles, 25 de mayo de 2016

J. CARLOS MARTÍNEZ RESPONDE A NUESTRO CUESTIONARIO PARA AUTORES

Pregunta. ¿Cómo se llama tu nueva novela?

Respuesta. El proceso de los justos.

P. Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

R. La historia que cuento en El proceso de los justos es coral, una especie de novela río con tres «brazos» que al final acaban confluyendo. Más que una novela histórica al uso, con grandes personajes, como reyes, validos, prelados… me interesaba recrear el ambiente de una época como la segunda mitad del siglo XVII, en plena guerra con Portugal. Buscaba sobre todo reflejar la sensación de fin de época, las tensiones dentro de una ciudad, entre distintos grupos sociales, las ansias por alcanzar el prestigio y los deseos por parte de otros de no perder su posición en un mundo cambiante. Tampoco queda al margen, no podía hacerlo, el fanatismo religioso y su instrumentalización. Quería reflejar a unos personajes zarandeados por sus pasiones, para bien y para mal. Es una novela en la que el amor y el desamor desempeñan un papel fundamental.


P. Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

R. Creo que son representativos de su época. Desde el inquisidor racionalista a la monja alumbrada, pasando por el mercader que acaba comprando un título nobiliario, una práctica muy usada por la monarquía hispánica para obtener ingresos. Lo cierto es que pasas mucho tiempo con ellos mientras estás escribiendo, convirtiéndose en unos compañeros invisibles. Vas caminando por la calle y le estás dando vueltas al pasaje de turno, imaginando la escena, los diálogos, los movimientos… Acabas con una humedad sospechosa en los ojos cuando pones el punto y final. Así que, es un poco difícil elegir a uno solo. El protagonista, Guzmán Montenegro, tal vez sea a uno de los que más cariño le tenga. Me salió como una especie de conde de Montecristo, que se mueve muchas veces empujado por las circunstancias, enamorado de una mujer, Ana, con la que no puede estar abiertamente. El reverso de Montenegro, sería el caballero de Alcántara, don Félix de Almansa… Y al antagonista, el arcipreste Santiago, representando la manipulación sin escrúpulos para alcanzar sus objetivos. Pero, sobre todo, las mujeres que desfilan por las páginas de esta novela. Ninguna de ellas ha tenido una vida fácil. Todas ellas, tanto Águeda como María, Mirena o doña Blanca, son luchadoras, sin necesidad de un hombre que las proteja. El que despertará probablemente ciertas simpatías sea Pico y el Chucho, una pareja entrañable.

P. Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

R. Fue muy curioso, y está mal que lo diga, porque nació en una clase sobre historia de la vida cotidiana en la Edad Moderna. Estaban contándonos cómo eran las celebraciones del Carnaval y comencé a imaginar el primer pasaje de la novela. La algarabía de la celebración, los dos enmascarados… Pero, sobre todo, de muchas lecturas, del género histórico o no, que te van afianzando en eso de escribir.

P. Sigamos con tu experiencia como escritor. Cuéntanos, qué técnicas o trucos usas para escribir tus novelas. ¿Eres de los que se documenta exhaustivamente, de los que lo tienen todo bien atado antes de escribir o prefieres la espontaneidad?

R. Tiene que haber una base. Como decía antes, más que una documentación exhaustiva, lo que hace falta previamente es un bagaje literario. Saber cómo se tiene que contar una historia, y eso sólo se aprende habiendo leído mucho. Para El proceso… tiré mucho de los clásicos del Siglo de Oro, de novela picaresca, del teatro de Lope de Vega, de Cervantes… fueron ellos los que me permitieron construir los tipos que buscaba. Luego estaban los ensayos sobre Historia moderna… No soy de los que lo necesitan todo atado y bien atado. Parto de una idea y más o menos sé cómo se va a ir desarrollando la trama, aunque a veces me llevo sorpresas, porque los personajes te van indicando cómo has de conducir la narración: es fundamental no traicionarlos. Pienso que hacer novela no es un simple ejercicio de redacción. Jamás aplicaría esos esquemas simplistas sobre estructuras y demás que según algunos aseguran el éxito. La literatura no puede ser un producto enlatado que se le sirve a los lectores/consumidores. Tiene que estar viva y transmitir emociones. Una vez me dijeron que escribo más con las tripas que con la cabeza.

P. La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

R. Quizás por mi oficio, el de historiador, esa parte fuese una de las más sencillas. Conocía más o menos la materia, sabía a qué libros acudir, cuáles desechar… Además, la documentación la fui haciendo al mismo tiempo que iba escribiendo, así que eran las necesidades de la historia las que marcaron este aspecto. Una duda en cómo era la ropa, suponía una tarde entera en la biblioteca de Letras, ojeando libros de pintura barroca con unas cuartillas al lado. Tampoco quería abrumar con datos excesivos, no era cuestión de demostrar a quienes leyeran la novela que era un experto en tal o cual aspecto. Al hacer novela, me interesan otras cuestiones que pueden quedar oscurecidos por un caudal de datos que no aportan nada sustancial a la historia. Prefiero dotar a los personajes de una cierta profundidad –no sé si siempre lo consigo– que recrearme en los detalles. Hay muchas novelas históricas impecables en este aspecto técnico, pero cuyos personajes son muy planos, sin aristas. Eso no me interesa.

P. ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

R. Tuve que aprender un poco el lenguaje de germanías, cómo era un interrogatorio de la Inquisición e incluso algo de esgrima. Pero una de las cosas que más me llamó la atención fue comprobar la cantidad de alumbrados y alumbradas que había en los conventos españoles. Cuando se leen los versos de Teresa de Jesús, se comprueba el alto grado de erotismo que había en la cultura española del Siglo de Oro a pesar del control inquisitorial. Otra cuestión llamativa, que aparece en la novela, son las prostitutas y la Cuaresma… Pero sobre todo la existencia de una violencia estructural tremenda, en especial la que se ejercía contra los inmediatos inferiores. Era tremendo el escaso valor que tenía la vida humana.

P. ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

R. Se publicó en digital, en Bubok. Cuando la terminé y empecé a moverla por varios sitios, después de que varios amigos la leyeran y me dieran el visto bueno. La respuesta de las editoriales y las agencias era casi siempre la misma. Estaba bien escrita, enganchaba, pero… no era el momento. Eso cuando contestaban. Estábamos en lo más duro de la crisis y se buscaba lo seguro. Nadie iba a apostar por una primera novela de un escritor desconocido sin ningún respaldo. Metí la novela en un cajón hasta que un día leí un artículo sobre esta plataforma y decidí probar suerte. Y hasta el momento, no le ha ido mal. Se ha defendido bien. Que de haber salido en papel su recorrido hubiera sido otro, es posible, pero tampoco se puede asegurar. Una cosa que tenía clara era que no quería pagar por publicar. La novela se puede descargar en: http://www.bubok.es/libros/190396/El-proceso-de-los-justos

P. Y del ebook, ¿qué opinas?

R. Después de haber publicado en digital, creo no puedo decir nada malo. El debate entre el libro digital y en papel es artificial. El primero jamás acabará con el segundo, porque suponen dos experiencias completamente diferentes. Personalmente, sigo siendo un romántico al que le gustan los libros tradicionales, más que nada por el ritual que llevan aparejado. El ebook remite a la inmediatez, a un mundo mucho más rápido.

P. Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella?

R. Claro que sí: «Montenegro se quedó observando al hombre y a la mujer que se alejaban a pie. Aún le quemaba en la mejilla el beso inocente que le había tirado al aire ella, como una estocada certera en plena conciencia. Había perdido por completo la noción de la realidad, olvidándose de que había venido acompañado. Miró a su alrededor pudiendo comprobar que la gente ya se había marchado y que sólo quedaban él y sus dos acompañantes, que se habían retirado varios pasos por cortesía. Tanto el barón, que mantenía su gallarda pose con un poco menos de pomposidad, como Jaime, lo estaban esperando disimulando mal sus ganas de saber quién era aquel hombre y sobre todo y más importante, aquella mujer ante la que se había quitado el sombrero. No permitió don Basilio que Montenegro echase a andar para salirle al encuentro y detenerlo en seco, posando su manaza sobre el hombro. Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos, obviamente no era una situación que a Guzmán Montenegro le agradase mucho y así pareció entenderlo el de Quiñón, que apartó la mano de su hombro, sin perder en ningún momento la sonrisa nerviosa de quien ha sido sorprendido en falta, su mirada glauca decía mucho más de lo que jamás dirían sus labios. 

–Hay que saber reconocer la belleza… y saludarla como es debido, –les dijo, sarcástico, para satisfacer su curiosidad.

Con un gesto indicó al barón que continuase caminando, que no se detuviese. Se había percatado de lo embarazosa que resultaba para el noble la situación, su curiosidad se había topado de bruces con el carácter seco y brusco de Montenegro, a fin de cuentas, no era culpa suya que don Basilio tuviese la malsana costumbre de meter sus distinguidos hocicos en donde no lo llamaban. El asunto de aquella mujer parecía haberle aguijoneado la curiosidad a más de uno, aunque algunos, como Jaime, parecían haber aprendido la lección sobre no meterse en camisas de once varas, y más cuando éstas les eran ajenas»

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