lunes, 21 de julio de 2014

GABRIEL CASTELLÓ NOS RESEÑA SU NOVELA "PRINCEPS, EL PRIMER CIUDADANO DE ROMA"

Todos los escritores, al finalizar una novela, deseamos ser el centro de atención. Anhelamos las opiniones rápidas de los lectores y la reseña positiva de los críticos que impulsen nuestra obra a ser leída por todos. Pero esto no siempre sucede. ¿Alguien se ha preguntado qué siente el novelista al finalizar su obra? ¿Cómo definiría su trabajo una vez publicado?

Este cuestionario pretende transmitir la visión del escritor. Le preguntaremos sobre su novela y le daremos la oportunidad de promocionarla y hacerse autocrítica. En definitiva, será su manera de convencernos para que leamos su novela.

HOY NOS PRESENTA SU OBRA… GABRIEL CASTELLÓ

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Soy Gabriel Castelló, novelista histórico especializado en la antigua Roma. Empecé en este maravilloso mundo de la literatura épica con Valentia, las memorias de Cayo Antonio Naso, una novela ambientada en las guerras sertorianas. Tras ella llegó Devotio, los enemigos de César, donde continuaba con la saga de los Antonio de Valentia en dos escenarios paralelos: la gran persecución de los cristianos en el siglo IV y las campañas de César en Hispania durante la guerra civil contra Pompeyo.

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

Princeps, el primer ciudadano de Roma.

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Es la tercera entrega de mi saga, compartiendo algunos personajes importantes con Devotio. El tema central de la novela es la ambición. El asesinato de César en los idus de marzo destapa las verdaderas intenciones de tres hombres y una mujer que pugnarán durante más de una década por controlar el mundo mediterráneo. Princeps es el retrato de cómo los triunviros y el hijo de Pompeyo el Grande trataron de hacerse con el poder absoluto de la república hasta que solo quedó uno.

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

Al igual que sus antecesoras Valentia y Devotio, la ha editado en papel el sello Good Books. Os invito a visitar sus perfiles oficiales en Facebook y mi blog gabrielcastello.blogspot.com.es, donde encontraréis más información sobre ellas.

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

Esta novela no tiene buenos y malos, sino malos y más malos. No he tratado de hacer un retrato maniqueo en el que idealizo a un personaje y envilezco a los demás, sino que el lector descubrirá que los grandes hombres del pasado tuvieron muchas cosas de las que no estar orgullosos, así como otras gestas dignas de héroes. Así es el género humano, capaz de lo mejor y lo peor. Entre el mosaico de personajes que pueblan la novela destacaría a Lucio Naso, el personaje ficticio que enlaza la saga, Sexto Pompeyo, el hombre que casi dominó Roma, Marco Antonio y su socia Cleopatra y Gayo Octavio, quien acabaría siendo el prínceps. Si he de marcarte un favorito, por su carácter contradictorio y su agitada vida, me quedaría con Marco Antonio, pues en esta novela he tratado de mostrarlo tal cual era y no tan idealizado como Shakespeare y Hollywood nos lo han trasladado.

6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

Princeps culmina mi saga sobre la agonía de la república, pues hubiese sido imposible contarlo todo en un único libro. En Devotio tuve que cortar justo después de la gran victoria de César en Munda y en Princeps he retomado la acción desde el asesinato del dictador hasta el gran triunfo de Octavio sobre su rival Antonio. En principio la novela iba a ceñirse a la revuelta siciliana de Sexto Pompeyo y su enfrentamiento con Agripa, pero no pude evitar la tentación de narrar en paralelo el fin de Bruto y Casio, las campañas desastrosas de Antonio en Oriente y el auge de Octavio, y más en el año del 2000 aniversario de su fallecimiento… 

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Escribir cada una de ellas me llevó dos años… Documentarme, media vida (y sigo haciéndolo) Como apasionado de la antigua Roma que soy, leyendo, recreando, novelando y divulgando, no es un problema documentarme, sino un placer. Amenazo con seguir escribiendo más novelas ambientadas en nuestro pasado romano. 

8) ¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación?

La verdad de muchas escenas y personajes que nos ha llegado tergiversada por el cine o el imaginario colectivo. El lector de entre en mi mundo descubrirá personajes épicos y desconocidos como Sertorio o Sexto Pompeyo y tendrá una nueva visión de grandes protagonistas del fin de la república como Pompeyo el Grande, César, Cleopatra, Marco Antonio u Octavio. 

9) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Si te apasiona la antigua Roma, si disfrutas con un buen relato épico, si te gusta viajar desde las letras, si quieres sentir una inmersión en el mundo antiguo y vivirlo como si estuvieses allí, te invito a que subas a esta máquina del tiempo llamada Princeps.

10) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

Aquí tienes uno de sus pasajes en el que descubrirás un pasaje de la biografía de Cleopatra muy poco conocido…

- EL NIÑO FARAÓN-

El fastuoso palacio real de Antihrrodos estaba más engalanado de lo normal para las celebraciones del Mesut-Necheru, una de las festividades más relevantes del antiguo culto egipcio, ceremonia que aquella reina de origen macedonio había adoptado como suya en su interesado sincretismo con el pueblo al que regía. Hasta las palmeras, tamarindos y sicomoros que sombreaban los jardines estaban decorados con tiras de telas de vistosos colores. Bajo el gran friso del acceso principal, en las escalinatas que se adentraban en la turbia agua del puerto, estaba esperando a Cleopatra su más fiel asistente, uno de los eunucos que habían pasado junto a ella buenos y malos momentos desde la ignominia del destierro a la felicidad de su maternidad ya como soberana de las dos tierras. La nave real izó sus remos de fresno y plata y se deslizó como un cisne sobre la quietud de la dársena real. Dos servidores lanzaron una ancha cinta de lino rojo que se desplegó desde los pilonos de la entrada hasta la misma escalinata, llegando hasta la pasarela en la que los criados palatinos habían dispuesto un regio palanquín para poder llevar a su señora hasta el interior del palacio sin que sus pies tuviesen que hollar las musgosas piedras del muelle…

―Mi señora, la cena ya está preparada ―le dijo su leal servidor, susurrándole después a la oreja―. ¿De verdad deseas que le ponga lo que me has pedido en su copa?

―Hazlo, Mardión, y hazlo con diligencia. No escatimes con el acónito; cada día que pasa, mayores riesgos corre el reino.

La reina le remarcó con un afectado ademán de mano para que se apresurase en cumplir su voluntad. Aquel, reverente y leal, asintió, tomó con las manos el grueso pliegue de su larga túnica y dirigió su oronda panza de inmediato al interior de palacio, hacia las cocinas, dispuesto a verter el contenido del pequeño ungüentario que portaba en su saco en la copa ceremonial del divino Ptolomeo. Era la fiesta del nacimiento de los dioses, el inicio del año agrícola tras las crecidas del Nilo, y Mardión estaba seguro de que, a pesar de su juventud, el joven rey no despreciaría una buena jarra del vino de Chios que tanto agradaba a su hermana y esposa.

Cuando las últimas luces del día languidecieron por el lejano Occidente, un brillo hasta entonces imperceptible comenzó a destacar bajo la oscura bóveda de los cielos. Allí, en aquel extremo rocoso de la isla de Pharos, se erguía la más práctica maravilla arquitectónica que albergaba aquella urbe espléndida, el sueño de Alejandro, una ciudad más grande y opulenta que la todopoderosa y sucia Roma. Punto de referencia para los marinos de todo el oriente del Mare Internum, el resplandor reflectado por aquel juego de espejos desde la cima de la gran torre indicaba el camino para toda embarcación que se aproximara a la ciudad desde más de treinta millas a la redonda. La gran torre de Pharos guiaba a los navegantes igual que Alexandria marcaba el rumbo del saber y la elegancia con su Gimnasio, su Museo y Biblioteca, el fastuoso barrio de Broucheion y los bellos templos de Isis y Serapis. 

El formidable palacio de la Reina de las Dos Tierras estaba ubicado frente a aquella alta y cuadrada torre coronada por una inmensa hoguera, en la angulosa isla de Antihrrodos, rodeado de parterres de jazmines y frondosos palmerales vertebrados por una fabulosa porticada de más de seiscientas columnas de granito rojo. En antítesis al jolgorio que se había vivido durante las celebraciones del día, un ambiente sepulcral imperaba en cada rincón del nuevo palacio de la soberana de Egipto. Ni las esclavas de la reina, ni los criados y los eunucos de su séquito seguían pululando por sus estancias privadas. Solo se escuchaban los llantos de las plañideras y los lamentos atiplados de algunos chambelanes que guardaban luto alrededor del cuerpo frío e inerte del joven Ptolomeo, hermano y esposo de la reina y corregente suyo desde que César depusiese a su otro hermano mayor, el anterior Ptolomeo. Todo había sido muy rápido. Antes de servirse los postres, el rey se había indispuesto, vomitando, sudando y temblando a pesar de los potentes efectos del calor y el vino. Los criados lo habían retirado convulsionándose a sus aposentos postrado en unas parihuelas y, al poco tiempo de aquel repentino achaque, había dejado de respirar echando espumarajos por la boca; tenía solo quince años.

Cleopatra estaba sentada en un confortable diván de mimbre, vestida solo con un escueto y fino himatión de lino que permitía que la brisa nocturna la aliviase del ardor, nervios y tensiones que había soportado aquel sofocante día de Gorpiaios, el mes que sus súbditos conocían como el cuarto de Shemu. Frente a ella, sentado en un cojín y sin saber si debía preguntar, contemplando a su madre hierática y meditabunda, estaba el pequeño Cesarión, su único hijo fruto de aquella tórrida relación con Gayo Julio César, quien fuese dueño y señor del mundo y cuyos despojos pretendían repartirse aquellos lobos romanos al otro lado del gran mar.

―Madre, ¿qué le ha pasado al tío Ptolomeo?

―Ha sido llamado por los dioses, Cesarión ―le respondió con una serena sonrisa, mirando después con orgullo como refulgían las antorchas desde el lejano Eunostos hasta el malecón del Puerto Real de Lochias. 

―Pero… ¿ya no volverá nunca más?

Cleopatra se levantó de su sillón, tomó de las manos a su hijo y juntos se acercaron hasta la barandilla desde la que tenían una vista envidiable de todo el Broucheion, el área palatina donde estaban ubicadas todas las residencias reales de sus ancestros desde que el primer Ptolomeo, el diadoco del gran Alejandro, volviese de Babilonia dispuesto a regir el país de las dos tierras y hacer de aquella ciudad la más próspera urbe de las riberas del Gran Verde. La reina miró con ternura a su hijo y se percató de que no había entendido su respuesta; era demasiado pequeño para saber qué sucedía cuando un alma llegaba ante el juicio de Osiris…

―No, hijo, no ha de volver más al mundo de los vivos, pero no has de estar triste ―le dijo con ternura, secándole un conato de lágrima que afloraba de su ojo derecho―. Ahora, tú y yo seremos los reyes de Egipto y, quién sabe, quizá algún día del mundo. Te saludo, Ptolomeo Filópator Filómetor César…

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