martes, 6 de mayo de 2014

VIAJE A LA ALPUJARRA


Un artículo de Miguel Ruiz de Almodóvar Sel

Nada es porque sí, ni sucede por casualidad. Todo tiene su explicación y razón de ser. También que yo escriba hoy, con sumo gusto por cierto, sobre Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) y su viaje a la Alpujarra: casi un deber moral o familiar me empuja a ello. Amigo personal y correligionario político de mi bisabuelo José Mariano Ruiz de Almodóvar Antelo, ambos miembros del Partido Liberal Conservador, modelo literario de mi tío-abuelo Gabriel y objetivo pictórico de su hermano -o sea mi abuelo José-, quien lo retrató por dos veces en su clásica postura de perfil, al igual que recientemente lo ha hecho mi hija Paloma. Todo ello hace que me sienta obligado con mis lectores y conmigo mismo, dadas mis aficiones investigadoras, mi residencia en la Alpujarra y el permanente homenaje que desde  hace años le tributamos en una de las vitrinas del Archivo Museo de Órgiva.


¿Quién mejor que Alarcón, nos preguntamos, para adentrarnos en el misterio y significados de la Alpujarra?. ¿Quién mejor para acompañarnos por los vericuetos de su historia, de una manera amena y chispeante?. ¿Quien mejor para traducirnos con el alma lo que sus ojos vieron y adivinaron con suma sorpresa?.  Y ¿quien mejor, finalmente, que quien ya desde su tierna infancia en Guadix andaba descifrando con la imaginación, todo lo que se escondía tras aquel murallón blanco que rematado en pico lo separaba del mar?.
Efectivamente una curiosidad que le acompañó largo tiempo y que tantas veces postergada por diversas razones, se  decidió a cumplir en la primavera de 1872, animado por espíritu similar al de tantos otros que eligieron esta comarca, para volver a nacer,  cambiar de aires o pasar página. Su caso era una recomendación casi médica, tras reciente fallecimiento de una hija que le había destrozado el alma, hasta el punto de desear acompañarla. En esas circunstancias aprovechó el viaje de un amigo que lo hacia desde Madrid, para al cabo de muchas horas zambullirse con ímpetu y frenesí en un mundo aparte y desconocido, del que saldría como obra maestra, el primer libro escrito sobre la Alpujarra.

(Retrato de Pedro Antonio de Alarcón, por Paloma Ruíz de Almodóvar)

Arranca esta aventura una mañana de marzo, mas concretamente día de San José, como huésped de la diligencia Granada-Motril, que lo llevará  hasta la venta de Tablate, hoy de las Angustias, desde donde seguirá a caballo a Lanjarón, para desde allí comenzar su periplo por sendas de palomas, tajos, cerros y llanuras que culminará en Albuñol doce dias después, un Domingo de Resurrección con olores a contienda electoral, motivo principal de su viaje. Eran los tiempos convulsos del reinado de Amadeo de Saboya, unos meses antes de la proclamación de la Primera República. Poco mas de diez días, repartidos de forma desigual en el animo del autor, con páginas de enorme viveza y frescura que nos hace sentir galopar, metiendo espuela, por la anchura de las ramblas arenosas, saborear las gachas coloreadas y picantes  de los pastores, disfrutar de la dulce camadería de sus acompañantes o de la hospitalidad de aquellos amigos alpujarreños, casi señores  feudales que con sus encantadoras señoras y monísimas niñas, hacian los honores, a tan altísimo invitado. Pero también páginas un tanto  tenebrosas y oscuras, que sobrecogen al espectador con esa visión de callejas heladas por la tristeza, que se descuelgan por barrancos escalonados silenciosos  e implorantes.
Un libro y un viaje que llaman la atención por la amputación evidente que supone no incluir en su itinerario a la Alpujarra Alta,-la mas famosa y conocida por todos-,  dejándolo circunscrito casi por entero a la Contraviesa, y eligiendo a Murtas y Albuñol como ejes o campamentos principales, desde donde hacer algunas incursiones o avanzadillas tanto a lo alto de las nieves,  como a la parte más baja que son sus playas, pasando y redescubriéndonos pueblos y aldeas minúsculas, que sirven de escenario al novelista para ir entretejiendo con maestría y destreza episodios narrados de la rebelión y guerra de los moriscos. Será precisamente este punto crucial para la historia de la Alpujarra, en donde al ultra-católico Alarcón no le dolerán prendas ni se morderá la lengua, al culpar a los gobernantes que sucedieron a los Reyes Católicos del auténtico desastre que supuso en todos los órdenes (religioso, económico y social), la expulsión definitiva de los moriscos, y el tratar de imponer la santa cruz a golpe de hierro y miedo en vez de haber seguido la letra y espíritu de las capitulaciones, dando lugar con ello no solo al abandono de las tierras sino también al abandono de la fe y los ideales cristianos, por cuanto a partir de entonces –según Alarcón-  el pueblo asociaría siempre a la religión católica con la intolerancia y el fanatismo. Un mundo moderno descreído para el que decía tener la receta o el antídoto, que con sumo sigilo advirtiera al oído al cura-párroco de Albondón: “democratizar la Iglesia”, esa era la solución, algo  que 142 años después sigue siendo eso, una simple receta.
Pero volviendo, ya para terminar, a la importancia y trascendencia que tuvo este libro, titulado en su primera edición como La Alpujarra. Sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia”, cabe añadir  a lo dicho, que si bien fue siempre discutida su utilidad como verdadero libro de viajes,  gozó desde el primer momento de gran admiración y éxito literario, como lo atestigua el poeta malagueño Salvador Rueda, en carta a su amigo Gabriel Ruiz de Almodóvar Burgos, desde Madrid el 20 Agosto de 1889:  “¿Qué tal La Alpujarra? ¡¡¡¡¡!!!!! Cómo envidio a V. el rato, o los ratos que habrá pasado leyendo este libro supremo. Tan enamorado lo supongo a V. de él como lo estoy yo. Es la obra que más impresión me ha hecho de Alarcón. Cuando me conteste, cuénteme sus impresiones. Con seguridad que me hablará de aquella Semana Santa en la sierra, de todas las pinturas de la naturaleza, que Alarcón siente como ningún nacido, del relato histórico que va corriendo parejas con el viaje iluminado con luz trágica, del sepulturero que aparece hacia el final del libro y de todas las páginas y todos lo párrafos. Parece mentira que esta obra no sea popularísima en España y no se la sepan todos de memoria”.  Eran otros tiempos sin duda, y otra manera de escribir, con sus altos y sus bajos, pero de una elocuencia admirable, en donde la historia, la naturaleza y la religión, se van entrelazando con arte insuperable. Una obra esta La Alpujarra de Alarcón, de la que Ganivet manifestó, que será una epopeya el día que los españoles acaben de olvidar el castellano: esto es, muy pronto.



Miguel Ruiz de Almodóvar Sel

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