lunes, 7 de abril de 2014

UNA MUJER DEL DESIERTO

UN RELATO DE:  
Jesús Cano Henares

Aquel verano del año 540 de la Hégira musulmana (1146 de la edad cristiana) corría abundante la sangre en todo el vasto territorio que aunó un día la bandera almorávide. Desde el Senegal, al extremo sur, hasta Huesca, en el límite norte del Magrib al-Islam, se luchaba por los despojos del que, muy pocas décadas antes, era el potente imperio de los Murabbitún, los monjes guerreros que un día, como antes lo hiciera Mahoma, partieron del desierto a la conquista de las fértiles tierras que se adivinaban más allá de las estepas. 
En el Andalus hacía tiempo que el ejército almorávide había desaparecido en dirección a Marruecos para intentar frenar su propia agonía. El vacío dejado por los alfanjes almorávides fue ocupado por aquellos jefes andalusíes que habían luchado contra ellos durante la ocupación, quienes no eran verdaderos políticos, sino más bien partisanos venidos a más con la decadencia de la antigua clase aristocrática. Gobernaban sobre otros nuevos reinos de taifas, mucho más desorganizados, si cabe, que  los que batallaron entre sí enconadamente cien años antes, y, como éstos, sucumbirían, algo más de dos décadas después, a invasores llegados desde el otro lado del mar, los Muwahiddún, llamados por la Cristiandad Almohades.
La guerra había empujado a una mujer y a sus pequeños hacia al Yabal Ashacura (la Sierra de Segura) donde gobernaba Ben Hamusk, con el beneplácito de Ben Mardanish, su yerno y de facto el más importante reyezuelo de todo al Andalus. Caminaban por el valle que hay a los pies del Yelmo, cerca de las torres vigía del alcázar segureño, cuando un jinete los abordó. La tranquilidad en los caminos andalusíes, como en los de todo el occidente musulmán, había desaparecido hacía años y la mujer tenía razones para inquietarse, pero no se dejó impresionar cuando el centinela de Ben Hamusk le pidió que se identificase. «Soy Hasina bint Abdelmálik ben Abiljisal Algafiquí», dijo con firmeza, y luego añadió como si una dignidad muy grande la poseyera: «Llévame ante el señor de Segura: te lo pido, soldado». Impresionado, el jinete condujo dócilmente la inofensiva comitiva por la senda que finalizaba en la fortaleza sin atreverse a volver la vista en ningún momento.
Ben Hamusk era un hombre al que le gustaban los placeres tanto como la guerra. Había terminado de comer cuando recibió de manos de la mujer una misiva, manchándola de grasa de cordero con sus dedos. La carta decía así:
Al señor de Segura, que Alá lo bendiga, sea quien sea. Yo Abdelmálik ben Abiljisal soy llamado en todo Marruecos Ashacurí porque nací en tierras de Segura, aunque ahora, enfermo y viejo, deba morir en estas tierras del Magrib al-Aqsá, a las que llegué sirviendo al poderoso Yúsuf Ben Tashufín, quien confió en mí a pesar de mi juventud. Con su hijo y sucesor, Ali, ejercí de visir hasta que las envidias de los alfaquíes lo enloquecieron, anulando su poder, y provocaron que me apartara de su lado. Estas víboras, disfrazadas de juristas, se atreven a afirmar que la carcoma que devora el imperio de los almorávides es culpa de la sabiduría heredada de al Andalus (que ellos llaman vida licenciosa, yo escupo sobre ellos en nombre de mis antepasados), incitando a parte del pueblo a odiar a, quienes como yo, no han hecho sino mostrar el cofre que guarda las inapreciables riquezas heredadas de aquellos gloriosos Omeyas, descendientes del Profeta, que Alá tenga en el lugar que les corresponde. Yo te digo, gran señor, que fue la ambición de los juristas la que ha puesto el imperio al alcance del que se atreve ahora a proclamarse sucesor de Mahoma (Dios sabe que sólo puede haber uno y está en Bagdad) y cree legitimo su derecho a aniquilar a quienes, dicen aquí, llegaron del sur, a los almorávides de la Mauritania. No temo la sombra del cuchillo sobre mi cuello, porque presiento que mi muerte está cercana, pero mi hijo murió a manos de esos sanguinarios almohades que se atreven a elevar en su grito de guerra el santo dogma de la Unicidad divina. Ahora temo por la vida de mi nuera, Hasina, y de mis nietos y por eso te ruego que los acojas en tus dominios y les restituyas las tierras que me pertenecen, cerca de donde nace el río Segura, que no es el Guadelkebir, sino el que muere en el Mediterráneo. Así lo harás si eres piadoso y temeroso de Dios y si además recuerdas que al Andalus ha sido siempre un país hospitalario que un día acogió a los hijos del desierto que portaban en sus corazones la palabra de Ala. Que Él te bendiga.
Ben Hamusk estaba presto a responder a aquella carta con una salva de carcajadas porque no era un hombre piadoso ni demasiado temeroso de Dios, sino un mercenario embriagado por el poder que le había dado la guerra. Pero su risa quedó congelada por la sorpresa al contemplar la bella cabellera de Hasina, inmensa y oscura, como su piel, como la de los hijos del desierto que tenían los ojos claros, brillando como lunas en esa oscuridad, aquéllos contra los que el había luchado hacía poco, algunos de los cuales todavía se agazapaban en las montañas para tender emboscadas a los suyos. Tan atrevido gesto parecía también una dulce emboscada porque Ben Hamusk sintió de inmediato codicia de aquel cuerpo digno de la hija de un jeque y, como ella exigía con una cálida fiereza en los ojos una respuesta, le dijo: «Desde luego no voy a darte tus tierras, mujer, porque todo lo que han conquistado mis soldados me pertenece», y luego, mirándola fijamente, añadió: «No permitiré que una leona del desierto venga a decirme qué es mío y qué no. Tu vida y la de los tuyos está en mis manos. Tienes suerte de ser tan bella. En lugar de usarte y después reduciros a ti y a tus hijos a la esclavitud te convertiré en mi nueva esposa. Acepta esta vida y tendrás todo lo que yo tengo o recházala y no habrá piedad para ti ni para tus cachorros».
Así fue como Hasina, la mujer venida del desierto, hija de Marwán, jeque sinhaya, nieta de Mahmud, amigo del gran príncipe de los musulmanes Yúsuf Ben Tashufín, ligada por matrimonio a los Banú Jisal de Segura, acabó siendo la favorita en el harén de Ben Hamusk, cuyo poder decayó poco después, aunque no arrastrara en su caída a los descendientes del gran Abdelmálik Abiljisal, ministro del rey de Marrakech e insigne literato que escribió La Antorcha de la Literatura.

No, porque Hasina se preocupó de educar a sus hijos para que estos progresaran en al Andalus e incluso una de ellas, Hamida, acabó casándose con un general almohade llegado años después a la península, un hombre que le doblaba largamente la edad, el cual tiempo atrás, siendo mucho más joven, acabó, en las montañas del Atlas, con la vida de otro hombre a quien Hamida amaba profundamente porque le contaba todas las noches cuentos antes de arroparla cuando acababa de dormirse. Pero esa es otra historia.

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