martes, 18 de noviembre de 2014

RETRATO DEL PADRE MANJÓN

Un artículo de Miguel Ruíz de Almodóvar

Paseaba yo el otro día, distraído por los alrededores de la cuesta de Gomérez, en Granada, cuando un fogonazo repentino me detuvo en seco a las puertas de uno de esos establecimientos para turistas, que todo lo invaden. Me acompañaba mi hijo Miguel, y era Domingo por la mañana. El reclamo de tan grata sorpresa, daba vueltas en un torno de postales, a la espera de ser aprehendida por alguna mano nórdica o morena, que la transportase a miles de kilómetros de allí. Se trataba de una reproducción, en blanco y negro, del magnífico retrato de D. Andrés Manjón y Manjón (1846-1923), pintado por José Ruiz de Almodóvar, para la Universidad y que estuvo durante años colgado en el departamento de Derecho Canónico, para luego pasar al rectorado -sito en el Hospital Real- lugar donde hoy se halla.

Sorprendido y un tanto halagado por la presencia, entre toreros, gitanas y panorámicas, de tan querida reproducción, no dudé en coger una de ellas, y sin preguntar siquiera, buscar en el reverso la confirmación de aquellos datos, no encontrándome más información que la advertencia fría y turbia, de una frase ya manida: “Reproducción prohibida”. Ante semejante chasco o desengaño, y tras recuperarme, me asaltó de inmediato la duda y curiosidad por saber si la prohibición lo era de la postal o del propio cuadro o retrato, cosa que todavía me pregunto y dejo en el aire, por ver quién me la responde.

Fuera de ello y con el ánimo sólo, de suplir ese desierto de datos, me vienen a la memoria unas cuantas anécdotas, oídas acerca del cuadro: El mismo fue pintado, ya muerto D. Andrés, y en el verano de 1927, con ayuda de fotografías y la colaboración física, como modelos, de dos hijos del pintor, y de un peluquero, llamado Felipe. Los primeros eran, el cuerpo fortachón y sin rostro, de su hijo Pepe el mayor, entonces un mocetón de 18 años, quien aguantaría estoicamente los calores de la sotana; y el otro sería Gabriel, mi padre, entonces un chaval, que en diferentes posturas, representaba de fondo, a varios niños del Ave María. ¿Y el peluquero, qué aportaba?, se preguntarán algunos: las manos, -de lo mejorcito del cuadro-, soberbias y rudas manos campestres, como las auténticas de un cura castellano.

Ante ese cúmulo de anécdotas familiares o domésticas, no cabe extrañarle a nadie, mi repentina euforia por adquirir, todas aquellas postales, y así poderlas regalar a la familia y amigos, cosa que hice, comprando las diez existentes al precio de 5 euros, y a razón de 50 céntimos por barba.

Dicho todo lo anterior, como aliño ilustrativo de lo que sigue, conviene recordar, que fue D. Andrés Manjón y Manjón, natural de Sargentes de la Lora (Burgos), el fundador de las Escuelas del Ave María, aparte de Canónigo de la Abadía del Sacro Monte, y Catedrático de derecho Canónico. Pero que además y sobre todo, fue un pedagogo excelente para su época, quien como tal, no olvidó la instrucción artística de sus discípulos, rodeándose para ello de los mejores artistas granadinos del momento, quienes de forma gratuita, ofrecieron sus enseñanzas. Entre ellos estaba mi abuelo, a quien D. Andrés Manjón, -persona agradecida como ninguna- haría una especial mención en su anuario de 1899: “He aquí que un pintor granadino, visitó un día las Escuelas del Ave María, y al volver a su casa, dedicó a los niños de dichas Escuelas un cuadro que tenía concluido y destinado a su familia, y se ofreció a enseñarles dibujo de balde. El cuadro está en la Capilla y el pintor, que comenzó a dar sus lecciones y hoy está en París, por exigencias del arte, es D. Jose Ruiz de Almodóvar”.

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