miércoles, 9 de septiembre de 2015

PEQUEÑAS HISTORIAS GRABADAS EN PIEDRA

Un artículo de Carlos Martínez Carrasco, profesor de Historia Medieval de la Universidad de Granada y del Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas.

Hemos perdido la capacidad de leer y entende
r las historias grabadas en la piedra. Porque cuando se entra en cualquier museo con el oído –y el ojo– bien afinado podemos escuchar –y leer– las voces individuales, la verdadera memoria histórica, que nos habla directamente a través de los siglos. Son las pequeñas historias que han sobrevivido a los grandes acontecimientos del pasado; esas a las que si se les presta un mínimo de atención dan a la Historia su verdadera dimensión humana más allá de acontecimientos capitales, reyes o emperadores.

Hemos olvidado que fue en la piedra donde se escribieron las primeras historias para recoger la memoria de la familia, de la tribu, de la ciudad, usando la imagen. Se buscaba sorprender al «lector», que el mensaje permaneciera inalterado, inamovible. Se convirtieron en la metáfora de la inmortalidad de las ideas, de los lentos cambios que experimentaban las sociedades antiguas y medievales, pero sobre todo de las personas. Siempre recuerdo el pasaje de Nuestra de Paris de Víctor Hugo, en el que el archidiácono Claude Frollo se lamentaba porque con la invención de la imprenta, el libro en piedra que representaba el pórtico de la catedral parisina de Notre-Dame caería en el olvido. Era un tiempo nuevo el que se asomaba en el que la letra impresa en papel expandiría la cultura. El paradigma de la rapidez y lo perecedero, términos semejantes al debate actual sobre el libro digital.

Las piedras no hablan, decía un arqueólogo, y por esa misma razón es más difícil que mientan. Por eso quizás, en los museos hallamos una de las novelas más interesantes que vamos a leer jamás; una historia que construimos nosotros mismos a medida que vamos avanzando, sujeta a algo inherente a la condición humana: la subjetividad. Cada uno de nosotros, independientemente de la edad, el género o las consideraciones que queramos, se convierte en autor de la novela que le gustaría leer.

El Museo Arqueológico de Atenas es uno de esos espacios en los que te encuentras cara a cara con el pasado. Uno de los mejores lugares para escribir una novela propia en diálogo sin intermediarios con los personajes. Entré una mañana de primavera en la que apenas sí había un puñado de visitantes armados con cámaras y móviles dispuestos a inmortalizar(se) ellos también junto a los restos de la Antigüedad Clásica, con la sensación de que realmente hemos cambiado poco. Las tablets o los smartphones se diferencian poco o nada de las tablillas sumerias con su dosis de narcisismo correspondiente; tal vez lo digital represente el regreso a la piedra, con sus dosis de inmortalidad por lo difícil de borrar las huellas que dejan en la Red.

Más allá de las grandes piezas, son aquéllas que hablan sobre personas concretas las que dejan una huella más profunda en quien tiene la paciencia de detenerse frente a ellas el tiempo suficiente. Quizás porque todas ellas son lápidas funerarias, congelando un momento determinado de sus vidas: con la que querían ser recordados.

En una de ellas, un hombre le da un saltamontes al perro que está a sus pies. Una escena aparentemente sin ninguna trascendencia, acostumbrados como estamos a las grandes gestas de la Antigüedad. Y sin embargo sorprende la serenidad que transmite la figura del hombre, esperando a que el animal se ponga a jugar con el insecto. Un instante de un paseo por el campo que se nos ha permitido contemplar por azar.

Pero ese aplomo es sustituido por la emoción contenida de la madre joven que extiende los brazos hacia su hijo recién nacido, sostenido por la nodriza. Los dedos de ambos están a punto de rozarse porque la Fortuna decidió que así fuera. El escultor sólo se limitó a enmendarle la plana a esa tragedia, cotidiana por otra parte en aquella época, de la madre que muere en el parto y jamás tuvo entre sus brazos al hijo esperado.

En la proa de un trirreme se ve a un joven sentado, con el escudo y el casco al lado. Está pensando. ¿En qué? Sólo podemos imaginarlo. Posiblemente en el regreso tras la batalla de la que no regresaría. Planes que se quedaron truncados. No era un vencedor, sólo uno más, alguien cuya historia ha pasado desapercibida para la Historia.

Son tres instantes de tres individuos anónimos que nos interpelan directamente. Porque pararse delante de ellas sin urgencias significa muchas veces salir de esa sala con una extraña mezcla de sentimientos, con una pequeña herida, afortunados por haber sabido leer el mensaje inscrito en la piedra.

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