martes, 15 de octubre de 2013

LUIS FOLGADO RESEÑA SU NOVELA "EL HOMBRE QUE COMPRABA GIGANTES"

Todos los escritores, al finalizar una novela, deseamos ser el centro de atención. Anhelamos las opiniones rápidas de los lectores y la reseña positiva de los críticos que impulsen nuestra obra a ser leída por todos. Pero esto no siempre sucede. ¿Alguien se ha preguntado qué siente el novelista al finalizar su obra? ¿Cómo definiría su trabajo una vez publicado?

Este cuestionario pretende transmitir la visión del escritor. Le preguntaremos sobre su novela y le daremos la oportunidad de promocionarla y hacerse autocrítica. En definitiva, será su manera de convencernos para que leamos su novela. 

HOY NOS PRESENTA SU OBRA LUIS FOLGADO 

1) Este cuestionario lo leerán muchas personas, algunas no te conocerán. Preséntate a tus nuevos lectores.

Mi nombre es Luis Folgado de Torres y escribo desde que tenía uso de razón y también ahora que ya no tengo. No escribo mucho, pero escribo siempre. 

2) ¿Cómo se llama tu nueva novela?

El hombre que compraba gigantes

3) Dinos, lo más resumido que puedas, cuál es el tema central de tu novela, en qué tiempo se desarrolla y qué has querido transmitir con ella.

Año 1865. Agustín Luengo ha sido uno de los hombres más altos de España al sufrir acromegalia (enfermedad de la hipófisis que impide detener el crecimiento). De nacencia extremeña, mostró sus hechuras por toda España viajando con un circo portugués (por aquel entonces, la media de altura de los varones españoles no rebasaba el metro cincuenta). 

Después de actuar ante la corte de Alfonso XII, el gigante conoce a don Pedro Velasco, fundador del Museo Antropológico de Madrid, muy conocido, entre otras cosas, por mantener embalsamada en su propia casa a su hija, Conchita, vestida de novia; la muchacha falleció al cometer él mismo un error médico. Velasco hace una extravagante propuesta al gigante extremeño: Comprarle su cuerpo por 2,50 pesetas al día (el equivalente a dos jornales de un albañil) hasta que muera. El gigante acepta y se traslada a Madrid donde lleva una vida sórdida, plagada de desaires amorosos con meretrices de la peor estofa, alcohol y drogas de la época, siempre en busca del amor que nunca tuvo. Finalmente lo encuentra en Eunice, una criada negra y rolliza al servicio del doctor Velasco, precisamente quien se encargaba de pagarle a diario. Prevenida por su señor, la negra rompe con el gigante ante el temor de una descendencia maldita, heredera de su enfermedad.

Aquejado de una tuberculosis ósea y abandonado por todos, Agustín muere en plena calle muy cerca de su amada, que al haberlo seguido queriendo queda desolada. Enterada del deseo de don Pedro de embalsamar el cuerpo que previamente compró ante notario, retrasa con falsías la noticia de la muerte con la intención de que el cadáver se descomponga y no pueda proceder al embalsamamiento, debiendo, de este modo, ser enterrado para descansar en paz. No llega a ser así. Finalmente, el doctor resuelve hacer un vaciado del cuerpo de Agustín y luego limpiarlo de carnes hasta dejarlo en los huesos. 

4) ¿Se ha publicado en papel o en digital? Dinos con qué editoriales y no dudes en poner su página web para que podamos conocerlas.

Se ha publicado en papel y distribuido el todas las librerías a nivel nacional con Áltera. www.altera.net

5) Los autores nos encariñamos con nuestros personajes. Háblanos de ellos y dinos cuál es tu preferido.

Creo que Marrafa, homosexual portugués propietario del circo donde trabaja el gigante, es un personaje con una fuerza tremenda. Me gusta, sí. 

6) Las ideas surgen como chispas, a veces nos vienen cuando menos nos lo esperamos. ¿De dónde partió la idea de escribir esta historia?

Tras una visita al Museo Nacional de Antropología.

7) La novela histórica es un trabajo muy arduo. ¿Cuánto tiempo te llevó documentarte y recopilar todos los datos suficientes para desarrollarla?

Cuatro años y un divorcio. 

¿Qué fue lo más anecdótico que te encontraste en esta documentación? 

He conocido a toda la familia de mi personaje tres generaciones después de que ocurrieran los hechos. 

8) ¿Por qué crees que esta novela merece ser leída?

Es muy buena.

9) Déjanos abrir boca. ¿Nos permites leer un trocito de ella? 

El pasillo, lóbrego como un túnel, del Depósito de Cadáveres, apenas iluminado por las llamas sonoras de las lámparas colgantes de carburo, se llenó con el eco de los pasos desbocados de don Pedro Velasco y los bastonazos que asestaba a las baldosas, como anunciando su bravura.

—Ni el doctor Velasco, ni don Alfonso XII, ni el Papa de Roma. Este cuerpo se queda donde está y sanseacabó. ¡Y no son horas de venir a jorobarme la existencia! —Don Celso Alvarado, forense titular del Depósito de Cadáveres de Madrid, se sintió importunado con la presencia inesperada de su colega, el doctor Velasco.

—Ya le han dicho que se marche, don Celso, pero está furioso —ni los conserjes, ni el asistente de don Celso pudieron hacer nada para detener a un Velasco completamente enfurecido.

—¡Ese cuerpo me pertenece y no voy a consentir que lo toque ni usted ni nadie! —de la boca de don Pedro Velasco salía un vapor esponjoso que se dispersaba al tocar el frío pesado de la sala de disección. Llegando a la mesa de mármol, el catedrático alzó su bastón con la cara descompuesta y amenazó al anciano forense y a su asistente, que le cortaron el paso nada más verlo entrar.

Un descomunal cuerpo desnudo yacía en la mesa de mármol sobre la que don Celso se disponía a trabajar, desperdigados ya un escalpelo y otras herramientas metálicas sobre el vientre verduzco del finado. El cadáver tenía la cabeza colgando con la boca y los ojos muy abiertos, sobresaliendo del final de la mesa en la que tampoco cabían las piernas. Las ropas húmedas de aquel Polifemo a punto de ser eviscerado formaban un montículo, arrinconadas bajo la cristalera del patio de luces que rezumaba vahos de agua y formol. Por entre el montón de harapos asomaban las enormes botas, como barcas negruzcas y hediondas sobre las que horas antes anduvo el desdichado por las calles del Madrid más sórdido.

—¡Miren, miren esto! ¿O es que en este jorobado país ya no valen ni los documentos firmados ante notario?

El doctor Velasco desplegó vehemente un legajo sepia planchado de sellos oficiales azules y rojos, golpeando con los dedos el lugar donde se retorcían las rúbricas. Luego lo giró hasta ponerlo delante de los ojos de don Celso, que se ajustó el binóculo antes de leer. Nada más comenzar su lectura temblona bajo la luz inestable del gas, la cara del forense se arrugó más todavía, evidenciando una perplejidad jamás mostrada a lo largo de su azarosa vida entre cadáveres.

—Dios mío, Velasco. Es usted peor que el demonio.





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