domingo, 20 de octubre de 2013

UN PASEO POR MIL AÑOS DE CULTURA ANDALUSÍ (JESÚS CANO HENARES)


Era fiesta nacional, 12 de octubre, hacía un día de esos inigualables de octubre, y, sobre todo, resultaba una propuesta interesante y el blog de las Jornadas de Novela Histórica de Granada quiso visitarlo para hacer una pequeña crónica para sus lectores. 

Y la conclusión que sacamos es que ese museo ambulante que es la Alcaicería del Milenio del Reino de Granada resultó todo un éxito en la capital del antiguo sultanato, tal que lo había sido anteriormente en otras ciudades asociadas a este evento, como Jaén y Almería. Se celebraba dentro de los actos para conmemorar la fundación de la ciudad de Granada, su conversión de poblachón agrícola a corte real allá por 1013 más o menos) por obra y gracia de los Bereberes Ziríes. 

Pero este acontecimiento, afortunadamente, no trataba de guerras ni de dinastías sino de mercaderes, músicos, artesanos o poetas, personas que, con su esfuerzo y buen hacer, en verdad, forjaron antes el día a día de al Andalus que sus gobernantes, a menudo corruptos (la cosa no ha cambiado demasiado en estos mil años). Para la ocasión, la vieja Alcaicería (surgida al principio del Emirato nazarí, destruida por un incendio en 1843 y resurgida como fénix algo después) estaba más constreñida que nunca, abarrotadas las plazas que la circundan por decenas de tenderetes entre los que destacaban los talleres tienda donde plateros, caldereros, herreros, alabarderos y hasta un cantero, todos ataviados con turbantes, mostraban su buen hacer al público. Entre los puestos de comida despuntaba la genuina repostería morisca y las tiendas de ropa, los perfumistas o los joyeros nos recordaban que la Alcaicería fue, ante todo, un mercado de productos de lujo. En medio del bullicio surgían pequeños escenarios para degustar también lo mejor de la cultura andalusí. A saber, música para sibaritas tocada con instrumentos árabes que después dieron lugar al instrumentario occidental; poemas repletos de metáforas nacidas en el desierto y recitadas por contadores de historias o un guiñol para los pequeños con la historia de Alfonso X el Sabio pero también el guerrero pues, lo mismo que acogía sabios árabes y judíos, hacía la guerra santa contra el Islam. La exposición de aves de cetrería, presencia espectacular, recordaba la afición de las clases nobles por este técnica cinegética. Y en los diversos pasacalles hacían acto de presencia lo mismo músicos y titiriteros que el mismísimo rey Zawi ben Zirí, fundador de la primera dinastía granadina. 



En fin, toda una fiesta alrededor de la vida cotidiana de al Andalus que resultó bien entendida y acogida por el público y que podría repetirse y ampliarse en años próximos. Este reportero echó en falta alguna alusión a los judíos sefardíes, parte importantísima de la cultura andalusí, donde fueron avisados mercaderes o destacados médicos (que también los había alrededor de los mercados). Y también a la ciencia andalusí, impulsada muchas veces por el comercio, binomio que tantos y tan buenos frutos proporcionó no ya sólo al Andalus sino a toda la cultura universal. También se podría haber montado un puesto relacionado directamente con los libros y la lengua árabe, seña de identidad del Islam, y con su bellísima epigrafía. Asimismo, se echó de menos algún apartado relativo a las relaciones entre los estados cristianos y musulmanes de la época. Pese a que sólo recordemos las guerras y la famosa reconquista, en los ocho siglos de poder islámico en la Península los periodos de paz fueron más y mayores que los de guerra entre ambas cultura y propiciaron antes el entendimiento por razones de vecindad que el enfrentamiento por mor de las diferencias religiosas.

Jesús Cano Henares

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